Y entonces, llegó Fidel: de chaqueta verde olivo

Por Juan Carlos Camaño (*)


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Silvio Rodríguez lo hizo más que bien, claro, no fue el único.

Pero Silvio se detuvo en los gestos, en el dedo índice y el pulgar sosteniendo la barbilla del que piensa: como en aquellas largas y
edificantes jornadas de 1985, en el Palacio de las Convenciones de La
Habana, cuando comandara la lucha contra el pago de la deuda externa.

Fidel, pensante, pensando. Con estatura de sabio, estadista y estratega.
Pensante, explicando en detalles cómo de tanto jugar con fuego el
capitalismo-imperialismo acabará quemando la tierra –con todos nosotros
adentro- si no se actúa en consecuencia con lo que se dice, y con
políticas de Estado, para impedir que aquella “locura” a lo Nerón en
Roma, se nos imponga desastre globalizado, ahora en 3D. Y, mañana, vaya a
saberse, en una dimensión ya elaborada en la probeta del Pentágono y,
como mínimo, sospechada tal cual en el cerebro de Fidel, donde conviven,
entre tantas virtudes y des-virtudes, el talento y la concentración en
un punto esencial: nada de poca cosa cuando se decide entregar la vida
por un mundo mejor. Un motor arrasador, que sabe qué quiere y cómo
caminar hacia ese objetivo. Ninguna poca cosa.

¿De qué habla Fidel cuando habla de la preparada y decidida invasión a Irán?

Dijera Haruki Murakami en su libro “De qué hablo cuando hablo de correr” que
“si me preguntaran cuál es, después del talento, la siguiente cualidad
que necesita un novelista, contestaría sin dudarlo que la capacidad de
concentración…”

Karl Marx, obsesivamente, sabía recrear cuando marchaba tras la presa en sus persecuciones científicas, aquello de:
“Toda la concentración en un punto”.

Cuidado, entonces, un estratega tomándose la barbilla, con la mente en “llamas”, el “olfato”
infinito y la paciencia armada en la lucha de ideas, no debe ser
confundido con un hombre que apenas se viste de verde olivo para enviar
un mensaje puntual. Ese hombre no debe ser blanco de una interpretación
reduccionista, por más que hasta los deseos y ansiedades de quienes lo
admiran necesiten saber qué ocurrirá mañana a tal hora, como si la
dinámica y la dialéctica de las confrontaciones fueran caminos de una
sola mano y de concreciones definitivas.

No habla Fidel sobre lo que puede caerle encima a Irán tan sólo por el cúmulo de información de
primera mano que pasa cada día por el doble o el triple tamiz de sus
lecturas. Sería subestimarlo. Aquella tarea de engullir información y
desclasificarla para reconocer cómo funcionan las lógicas de
determinadas coordenadas de los servicios de inteligencia, responde a
técnicas, a métodos de “inteligencia”, a prácticas de sabuesos y hasta
puede –por distintos avatares de una confrontación- al aterrizaje
fortuito de un dato clave en la pista cerebral de un esmerado agente
que, por qué no, espera tener su día de suerte.

Fidel no es nada de todo eso, porque antes es quien reescribe “la novela” de la historia,
con todo su talento. Al mismo tiempo que es quien pone toda su
concentración en un punto. Y de ambas cosas, de “la novela” de la
historia y del “punto” en el cual concentrarse, se reescribe el mundo
antes de que Fidel naciera. Digámoslo nuevamente: “la historia no
comienza cuando uno llega”. Aunque, sin pretender contradecir a Marx
acerca del hombre y las circunstancias, convengamos que Fidel –no él
solo, por cierto, incluso alumno prodigioso de Martí- sacude la historia
de Cuba y trasciende las fronteras de la Isla, con el pensamiento –las
ideas- y una práctica revolucionaria que hasta hoy mismo no remite
apenas a un cotejo teórico entre intelectuales.

La Revolución Cubana ha gestionado y gestiona, con errores y defectos, con programas
integrales económicos, sociales y políticos, rectificándose cuando lo ha
entendido necesario y justo. Ratificándose y rectificándose frente a un
capitalismo cuya única rectificación en toda su existencia ha
consistido en tirar a la basura, cuando así se lo exige la caída de la
tasa de ganancia, todo programa integral que pretenda una lejana
posibilidad de poner en discusión real y concreta una justa distribución
de la riqueza, el respeto más elemental por cada uno de los seres
humanos.

Cada vez que las resistencias populares y los intelectuales orgánicos –dentro de ellas- lo intentaron –y lo intentan,
inclaudicables-, “los privilegiados” de la tierra optaron –igual que
hoy-, por masacrar a “los condenados de la tierra”, como definiera a
explotados, vejados y exterminados, Franz Fanon.

El acierto de Silvio, fotógrafo y cantautor, fue –suponemos- no dejar de disparar
ni un segundo, porque en cualquier instante el gesto acompañará a esa
palabra que sintetizará una serie de riesgos y de tácticas para
anticiparse y enfrentarlos. Al cabo, Fidel ha vivido haciendo el
ejercicio de llegar antes donde siempre pasa algo. No hablamos
precisamente de menudencias, aunque su delicada atención por la vida del
próximo nos lo ha revelado, mucho más de una vez, paciente, observador y
refinado anfitrión. En el arte de luchar y de vivir, o si se prefiere:
de vivir y de luchar, Fidel siempre ha pensado en “el otro”, como un ser
humano. Eso escapa a la lógica de los exterminadores del planeta y a
sus agentes.

Los detractores ideológicos de Fidel –y los otros, los imbéciles que repiten como loros leyendas tenebrosas y cuentos de
brujas come niños capitalistas- puede que cavilen: ¿Por qué de verde
olivo? ¿Cuál es el mensaje cifrado? ¿El explícito?

Con un estratega nunca se sabe. ¿Y por qué dos o tres días después de vestirse
de verde olivo se aparece con una camisa a cuadros, en un riquísimo
intercambio de conocimientos con decenas de jóvenes que sin dejar de
vivir a su aire –como dirían los españoles- se empeñan en no ser unos
futuros descerebrados, víctimas de una tecnología que empuja la vida a
puro vértigo, desmereciendo, estúpidamente, a estrategas que, como
Fidel, siguen empeñados en demostrar, con rigurosidad histórica, que no
está dicha la última palabra.

El principal mensaje que Fidel acaba de dar –y para colmo vestido de verde olivo- es que está vivo,
lúcido y dispuesto a colaborar con su pueblo en momentos difíciles, sin
olvidarse de las palabras de Martí: “Patria es humanidad”. Por lo cual,
entre otras cuestiones, no pierde de vista a Irán, como parte de la
humanidad a la que la barbarie imperial necesita atacar, cuanto antes.
Las luchas por el Asia Central –inmensos recursos energéticos a
explotar- exigen a las bestias no perder un minuto para satisfacer el
único fin del sistema capitalista: salvar al capital y a un puñado de
depredadores. La reciclada injusticia.

Y entonces, llegó Fidel.



(*) Presidente de la Federación Latinoamericana de Periodistas (FELAP).

Tomado de La Oreja que piensa http://laorejaquepiensa.com.ar
Edición 26 Miércoles 1º Septiembre 2010

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Etiquetas: Cuba, Fidel, Revolución

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