Por Graciela Guerrero Garay

Cuando Mario Benedetti tuvo la mala pasada mental de decirnos adiós y montarse en un ángel, la mágica tinta de los libros buenos lloró conmigo. Supe también que mis lágrimas no fueron más que pequeñas gotas de amor y lealtad a ese amigo que en la distancia, con corazón de eterno pergamino, manos dispuestas a enseñarnos algo y siempre decidido a sernos útil, ganó un lugar vital en mi librero. Millones más de ellas se derramaron por doquier y serán su colección de perlas en la memoria de los pueblos latinoamericanos, la literatura que honra y la lista de hombres que pasarán a la historia con la dignidad que se debe.

Miles de veces le di “Gracias por el Fuego”. O me fui toda bizca detrás de su “táctica y su estrategia”. O también “Viceversa”. Galopé cuando “los barcos vienen y se van” y jamás me cansé – ni me canso – de releer su Padre Nuestro Latinoamericano.

Hoy América está de pie. La sacude la virtud del ALBA, se empina sobre los rayos y dardos envenenados de quienes dicen amarla y le quieren llenar de gases lacrimógenos su vientre, cambiarle el sabor a sus mañanas, llenar de anuncios de tercera sus flores silvestres. Esos no conocen que el amor es más que el terciopelo de un bolsillo o el discurso copiado del extraño. Ignoran que la raíz está debajo de la tierra y para arrancarla hay que saber cavar y embarrarse las manos. Ora de fango. Ora de sangre.

Esos no saben, pero Benedetti sí sabía. Y entonces hizo aquello que quizás nunca supimos cuando tomaba su papel y pluma. Lo importante no es eso. Lo importante es que “un día cualquiera tú también lo necesites”.

Heme aquí su Padre Nuestro Latinoamericano. Amén.

Padre nuestro que estás en los cielos
con las golondrinas y los misiles
quiero que vuelvas antes de que olvides
cómo se llega al sur de Río Grande

Padre nuestro que estás en el exilio
casi nunca te acuerdas de los míos
de todos modos donde quieras que estés
santificado sea tu nombre
no quienes santifican en tu nombre
cerrando un ojo para no ver las uñas
sucias de la miseria

en agosto de mil novecientos sesenta
ya no sirve pedirte
venga a nos el tu reino
porque tu reino también está aquí abajo
metido en los rencores y en el miedo
en las vacilaciones y en la mugre
en la desilusión y en la modorra
en esta ansia de verte pese a todo

cuando hablaste del rico
la aguja y el camello
y te votamos todos
por unanimidad para la Gloria
también alzó su mano el indio silencioso
que te respetaba pero se resistía
a pensar hágase tu voluntad

sin embargo una vez cada tanto
tu voluntad se mezcla con la mía
la domina
la enciende
la duplica
más arduo es conocer cuál es mi voluntad
cuándo creo de veras lo que digo creer

así en tu omnipresencia como en mi soledad
así en la tierra como en el cielo
siempre
estaré más seguro de la tierra que piso
que del cielo intratable que me ignora

pero quién sabe
no voy a decidir
que tu poder se haga o se deshaga
tu voluntad igual se está haciendo en el viento
en el Ande de nieve
en el pájaro que fecunda a su pájara
en los cancilleres que murmuran yes sir
en cada mano que se convierte en
claro no estoy seguro si me gusta el estilo
que tu voluntad elige para hacerse
lo digo con irreverencia y gratitud
dos emblemas que pronto serán la misma cosa
lo digo sobre todo pensando en el pan nuestro
de cada día y de cada pedacito de día

ayer nos lo quitaste
dánosle hoy
o al menos el derecho de darnos nuestro pan
no sólo el que era símbolo de Algo
sino el de miga y cáscara
el pan nuestro
ya que nos quedan pocas esperanzas y deudas
perdónanos si puedes nuestras deudas
pero no nos perdones la esperanza
no nos perdones nunca nuestros créditos

a más tardar mañana
saldremos a cobrar a los fallutos
tangibles y sonrientes forajidos
a los que tienen garras para el arpa
y un panamericano temblor con que se enjugan
la última escupida que cuelga de su rostro

poco importa que nuestros acreedores perdonen
así como nosotros
una vez
por error
perdonamos a nuestros deudores

todavía
nos deben como un siglo
de insomnios y garrote
como tres mil kilómetros de injurias
como veinte medallas a Somoza
como una sola Guatemala muerta

no nos dejes caer en la tentación
de olvidar o vender este pasado
o arrendar una sola hectárea de su olvido
ahora que es la hora de saber quiénes somos
y han de cruzar el río
el dólar y su amor contra rembolso
arráncanos del alma el último mendigo
y líbranos de todo mal de conciencia
amén.

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Etiquetas: América, Benedetti, Cuba, Las, Latina, Mario, Tunas, poesía

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