Àngel Ferrero ·  ·  ·  ·  ·
16/09/12

«La vida que reinaba sobre la Tierra cientos de millones de años antes, la burda y terrible vida de los monstruos primitivos, se había liberado de las remotas fosas sepulcrales y rugía de nuevo, pisoteando todo a su paso con sus enormes patas, lanzando alaridos, fagocitando con avidez todo a su alrededor», escribe Vasili Grossman en Vida y destino sobre un depósito de petróleo perforado por proyectiles alemanes durante la batalla de Stalingrado. La descripción de Grossman puede leerse hoy como una venganza. Nuestra vida depende hasta extremos insospechables del crudo. Como fuente de energía, como materia prima para la elaboración de plástico y componentes farmacéuticos, como combustible de la mayoría de vehículos individuales y de transporte de mercancías. El tráfico rodado ha alterado profundamente la producción industrial, el medio ambiente, el paisaje, la arquitectura urbana y la cultura del siglo XX. El evidente desinterés de los gobiernos occidentales por iniciar la transición energética, presionados por poderosos lobbys empresariales –no sólo energéticos: el petróleo también supuso un factor en la aceleración de la producción y la extracción de plusvalía relativa a la que muy pocos están dispuestos a renunciar–, nos deja indefensos ante la catástrofe ecológica inminente. Una sociedad que no esté preparada para el mundo posterior al fin del petróleo se hundirá irremediablemente en el caos, como sucedió cuando el paso de los huracanes Katrina y Rita desabasteció a varias ciudades estadounidenses de combustible durante algunos días.

Por su naturaleza finita y no renovable el petróleo se ha convertido en una materia prima especialmente codiciada, por la que la alianza de estados occidentales no duda en apoyar regímenes con un abundante historial de violaciones de los derechos humanos como el de Arabia Saudí, forzar el aislamiento internacional de Rusia (uno de los mayores proveedores mundiales) y China (uno de los mayores compradores mundiales), mantener una constante campaña de desprestigio contra la Venezuela bolivariana o llevar a cabo guerras neoimperiales en Oriente Medio con miles de muertos y heridos y consecuencias políticas, sociales y económicas a largo plazo difíciles de prever. Para los países industriales tener petróleo se ha convertido en una necesidad y en una desgracia para los países poseedores de reservas o situados estratégicamente en una ruta de transporte. El petróleo está presente en nuestras vidas prácticamente las veinticuatro horas del día: está en el cepillo de dientes que empuñamos por la mañana, en el asfalto de las calles por las que transitamos, en la tarjeta de crédito con la que hacemos las compras, está en el casco del obrero y está en todos los utensilios del trabajador de cuello blanco, está en el teclado del ordenador con el que he escrito este artículo y en la pantalla del dispositivo electrónico –cualquiera que sea– con el que usted lo lee. Y con todo, del petróleo no sabemos mucho y mucho menos somos consciente de su importancia.

A quien no le pasó por alto fue al fotógrafo Edward Burtynsky (St. Catharines, Ontario, 1955), cuya exposición sobre el petróleo–un trabajo de 12 años– en la galería C|O Berlín en la Oranienburgerstraße recién terminó el pasado 9 de septiembre. «En 1997 tuve mi primera “epifanía”» , explica Burtynsky. «Me di cuenta de que los paisajes alterados por el hombre que había fotografiado durante 20 años habían sido facilitados por el descubrimiento del petróleo y el motor de combustión interna. Comencé a pensar en el petróleo mismo como tema fotográfico, en su doble vertiente: como fuente de energía que todo lo posibilita y como una fuente de terror, por el peligro que supone para nuestro hábitat.» Burtynsky fotografió todo el ciclo de vida del petróleo: desde los campos petrolíferos donde se alzan cientos de torres de extracción y las refinerías con sus complejos entramados de oleoductos de metal (Extraction& Refinement) hasta las zonas residenciales (donde la vida sin automóvil es imposible), los gigantescos aparcamientos donde se agolpan los coches y el abigarrado trazado de autovías en Estados Unidos y Canadá (Transportation& Motor Culture), hasta llegar los cementerios donde descansan, sin uso ya alguno, los residuos de la economía del petróleo: montañas de neumáticos, automóviles, aviones, helicópteros (The End of Oil). En las orillas de Bangladesh Burtynsky fotografió las labores de desmontaje de los petroleros en los astilleros de Chittagong, donde los operarios trabajan en circunstancias peligrosas, sin ninguna protección y respirando humos tóxicos, desmantelando, pieza a pieza, estos enormes barcos para aprovechar su metal. La exposición se completa con un epílogo, Oil Spills, sobre la catástrofe de BP en el Golfo de México en el 2010.

Edward Burtynsky toma sus fotografías con teleobjetivo y desde una perspectiva estrictamente frontal, lo que aumenta la sensación de "objetividad" de las imágenes. Con todo, Burtynsky consigue eludir los errores la Nueva objetividad (Neue Sachlichkeit), movimiento artístico y literario de la década de los treinta del siglo XX criticado por Walter Benjamin porque tuvo «éxito incluso haciendo

de la miseria un objeto de placer, tratándola con estilo y perfección técnica»

y parodiado por Bertolt Brecht en su poema “700 Intellektuelle beten einen Öltank an”(“700 intelectuales adoran a

un tanque de petróleo”):

            «¿Qué es para ti el prado? / Descansas sobre / lo que antaño hierba era, / ¡Ahí descansas tú, tanque de petróleo! /¿ Y qué es para ti un sentimiento? / Nada.»

            (Was ist für Dich ein Gras? / Du sitzest darauf. / Wo ehedem ein Gras war, / Da sitzest jetzt Du, Öltank! / Und vor Dir ist ein Gefühl / Nichts.)

Las fotografías de Burtynsky –una mezcla de fascinación y repulsión, de belleza y horror que se ajusta al tema como un guante y que ya caracterizaba a su anterior serie, Manufactured Landscapes– son signos del futuro, que muy bien podrían llegar a ilustrar el pronóstico sombrío de Elmar Altvater en El fin del capitalismo tal y como lo conocemos (Barcelona, El Viejo Topo, 2012) si el capitalismo sigue bloqueando el necesario cambio energético: «A la próxima generación, o quizá la que siga a ésta, solamente le quedarán barriles vacíos y oxidados, una putrefacta infraestructura de oleoductos recorriendo continentes enteros, así como una atmósfera cargada dióxido de carbono perjudicial para el clima.» No habrá ningún Apocalipsis con cielos abriéndose y fanfarria de trompetas celestiales. El mundo posterior al petróleo será post-apocalíptico y está naciendo aquí y ahora. Si no lo remediamos.

Àngel Ferrero es miembro del Comité de Redacción de SinPermiso.

http://www.sinpermiso.info/textos/index.php?id=5252

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