Tomado de lamariposacubana.wordpress.com


Hoy pienso en tantos, en tantos y buenos maestros que he tenido, primero mi mami querida,Gilda Carbonel, que es una excelente maestar macarenca, de esos que llevan el magisterio en las venas; pienso en Magalys, Elba, Yolexis, Yumar, Marlene, César, Varona, Miguel Ángel, Tomás, Silvia, Mayte, Karla, Vilda, y en mi muy especial Aurora, martiana hasta la médula, pienso en ellos y pienso en mi madrecita querida, Rebeca Loredo Alamar, que -aunque se puso triste porque no la felicité al despertar- fue parte de esa legión de jóvenes-niños que subieron montañas y bajaron llanos para que todos en la Isla supieran leer y escribir en aquel lejano ya 1961.

Llevo días planeando una crónica, soñando un comentario, ideando mi mejor regalo escrito para ellos, pero prefiero mirar 50 años atrás, cuando la educación era un lujo en estas tierras y ver esta hazaña en los ojos de una protagonista de la Campaña de Alfabetización en Cuba: mi madre, como me lo contó, ahí les va...

Sólo tenía doce años de edad cuando me incorporé a la Brigada de Alfabetización “Conrado Benítez”, que ya en ese momento había tomado el nombre del maestro asesinado.

Cuando llegué a la casa con la planilla de autorizzación y mi deseo de participar en la campaña la respuesta inmediata de mi madre fue: ¡NO!, alegando mi corta edad, y la de mi padre fue: ¡SI!, él firmó la planilla autorizándome y así salí un día, de los primeros, del mes mayo para Varadero a recibir las orientaciones para el “trabajo” como maestra. Había concluido el grado séptimo, porque el curso escolar terminó, aceleradamente, en el mes de abril.

Recuerdo la salida, mi primera salida lejos del hogar y sin mi madre, y a otra provincia, acongojada pero con el entusiasmo de la labor que iba a emprender apoyando a la Revolución, a mi Revolución……

Éramos muchos, cientos, la algarabía era tremenda, las colas eran inmensas, para comer y para recoger el uniforme que nos entregaron, cuando me tocó mi turno no había mi número de zapatos y cogí unas botas con un número más grande por no quedarme sin ellas, les tuve que poner algodón en las puntas. Allí nos sentábamos en la arena para recibir las orientaciones de cómo usar los manuales, el farol, y cómo debíamos conducirnos en todo momento.

Luego de esa semana de preparación nos repartieron para los lugares en los que íbamos a desarrollar la labor alfabetizadora. A mí me ubicaron en un lugar alejado, bien distante y sobre todo carente de transporte estatal permanente, con un matrimonio con niños que me dieron como dormitorio un espacio para la cama, en el almacén donde se guardaban los productos que se vendían en la tienda propiedad del señor de la casa. Las clases las impartía de noche cuando ya habían regresado del trabajo los alumnos, obreros agrícolas.

Por el día ayudaba en las tareas del hogar como limpiar el piso y fregar la loza sucia de las comidas. Eso lo sabía hacer porque mi madre me había enseñado. Pero la ropa sí no sabía, ¡y aquel pantalón verde olivo!, uy Dios, qué labor y la blusa no era verde olivo pero sí del mismo tipo de tela, fuerte.

En el mes de agosto fui trasladada para otro pueblito, un Central, en el que fui acogida por una familia maravillosa, muy revolucionarios todos, con los que he mantenido a través del tiempo una magnífica relación. Allí fue donde aprendí a tomar café. Todos los días Nina me despertaba con mi tacita de café caliente. ¡Qué delicioso!.

Impartía clases por las tardes y por la mañana, algunas veces, me iba para el trabajo del señor y allí aprendí a teclear en una máquina de escribir, lo que perfeccioné luego, ya en mi casa y con un manual específico para esa actividad. Ayudaba en las tareas propias del hogar, en las que me permitía Nina pues me malcrió un poquito, era su “niña más pequeña”.

Le di clases a dos alumnos de nacionalidad haitiana que tenían un interés tremendo en aprender, vivían en un batey cercano a la casa donde yo estaba ubicada, venían puntualmente todas las tardes, era difícil comunicarse con ellos porque el idioma español no lo hablaban muy bien que digamos. Un día yo enfermé, estaba con una fiebre muy alta, no pude dar clases en tres días, pero al siguiente de haber sabido que estaba enferma, uno de ellos regresó con una gallina para “la mayestra”, para que Nina me hiciera una sopa.

En el hogar donde vivía, vi a una familia unida, preocupados y ocupados todos, los unos por los otros. Sentí afecto por todos y ellos me lo brindaron a mi.Allí cumplí mis 13 años.

Al concluir la jornada alfabetizadora nos reunieron los responsables de la actividad en la zona donde me encontraba y nos trasladaron en tren hacia la ciudad de La Habana, a la capital del país para el acto en el que hablaría Fidel.

El viaje fue bien extenso, el tren era “kilométrico”, no sé de cuántos vagones se componía, cuando uno se asomaba en una curva y miraba hacia atrás sólo veía más vagones, el final no se distinguía. Cantamos mucho, hicimos cuentos, nos reíamos de todo. Yo llegué a La Habana totalmente disfónica. Fuimos a la Plaza de la Revolución donde Fidel declaró al país Libre de Analfabetismo y fue instituido el 22 de diciembre como el día del educador cubano....”

Ya no tiene 12 años, y no tengo mayor orgullo en mi vida que ella, porque también ha sido mi “mayestra” en la vida quien es abogada de oficio, pero que en su primera juventud tambień fue maestra.

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