Por Pedro Hernández Soto

Todo fue como un relámpago. Mi padre llegó apurado a nuestra casa, un sábado por la noche y me dijo: “Mañana hay que levantarse temprano, que vamos a La Habana a ver un juego del Cienfuegos”.

No se confundan, aquello, viniendo de quien venía, no era una invitación, era una orden.  El mandato me satisfacía a plenitud, al fin podría ver a mis ídolos del béisbol, de quienes escuchaba jugadas por radio, junto a mi padre, sin importarme el crudo frío de las medias noches de los diciembres y eneros cubanos.

Por supuesto, Mami me ayudó y, en un dos por tres, alistó “la muda de salir”, que era como se llamaba al pantalón, la camisa, las medias y los zapatos escolares, bien limpios, todo de aquel estrecho ajuar de aquellos años 50.

Frisaba yo entonces los 11 años, estudiaba el sexto grado en el Instituto Privado Aguayo, que radicaba en un caserón de la calle Argüelles entre Prado y Gacel, allá en el queridísimo Cienfuegos.

Salimos en plena madrugada, en aquel Plymouth de los 50, recién comprado por mi padre, de segunda mano, en buen estado y precio, en la Casa Dalmendray, de Argüelles y  Gacel, del modelo de la imagen. Fuimos a recoger a su amigo, un chapistero a quien llamaba Chencha –así se apodaban en broma, indistintamente, uno al otro-, y a terceros, todos mecánicos de aquel taller que existió mucho tiempo, en la punta de la loma de la calle Cuartel, casi cuando intercepta a Santa Cruz.

Era costumbre de aquel grupo hacer una fiesta cada vez que la pecunia lo permitía. Entonces aquel “piquete” se pasaba uno, dos o tres días bebiendo y divirtiéndose, sin volver al taller mientras le duraba el dinero, para regresar al trabajo con los bolsillos vacíos pero antes habían asegurado la subsistencia de la familia por unos días. Durante esos jolgorios el chofer alquilado era mi padre y en esta oportunidad me beneficiaba ser el hijo mayor varón.

No recuerdo si vinimos por la Carretera Central o por parte del Circuito Sur, que estaba entonces en construcción, pero para mí fue muy rápido el viaje, en un momento llegamos y entramos a la Habana –lo recuerdo bien- pasando por la Virgen del Camino.  Almorzamos en un pequeño restaurante (o fonda), creo que estaba en la calle San Pedro esquina a Ermita, justo al lado de la actual farmacia, donde se aloja hoy un establecimiento de un cuerpo para la protección de instalaciones.

Allí comí las croquetas más deliciosas de mi vida; al parecer mi paladar se impresionó por la novedad. Mi padre pidió una tortilla de camarones y a la interrogante del camarero de: ¿Cómo quiere la tortilla, señor?, él respondió con la agudeza que le caracterizaba y mirándole con total seriedad: “Con muchos camarones, claro”.

La nota desagradable fue la detención, frente al establecimiento, en plena calle, de una pareja de hombres, ambos de la raza negra, con sacos de vestir, que fueron apaleados, esposados y montados muy rápido en dos jeeps, por tres policías.

En el impresionante Estadio del Cerro (hoy Latinoamericano) ganamos el juego pero en su transcurso sucedió algo muy importante para mí. En un momento le pregunté a mi padre: Peyo, ¿cómo está el juego?  A lo que me impugnó: “Mira a la pizarra, allá está el resultado”. Entonces, algo cohibido le contesté: Yo no veo los números de la pizarra.

Eso marcó mi vida para siempre. A los pocos días, ya regresado, asistí a la consulta de un afamado oftalmólogo en mi ciudad natal y desde entonces padezco la esclavitud de usar espejuelos.

De todas formas, quien ganó aquel juego fui yo, y por partida doble: conocí la capital –que era como llegar a París-; y, por si fuera poco, descubrieron mi hipermetropía y otras pías.

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