A 120 años de la publicación del ensayo de Martí, "Nuestra América"
Martí y el periodismo "nuestramericano"

Randy Saborit
La Jiribilla


En desempolvar la manera de hacer periodismo de José Martí en pro de Nuestra América está parte de la clave para acertar en el blanco de la recepción en estos tiempos vividos al sur de la frontera de México con EE.UU.

A través de su medular ensayo “Nuestra América” — publicado por primera vez el 1ro. enero de 1891 en la Revista Ilustrada de Nueva York — sentenció: “En el periódico, en la cátedra, en la academia, debe llevarse adelante el estudio de los factores reales del país”.

Un periodismo autóctono, que conociera los elementos naturales de la región al sur del Río Bravo, promovió y ejerció Martí desde la Revista Venezolana, La América y La Edad de Oro, las cuales dirigió.

El Maestro, como conocedor del don de la propaganda, sabía que las trincheras de ideas valían más que las de piedra, y en consecuencia se dedicó a perpetuarlas, esencialmente, a través de planas impresas.

Para lograr que los pueblos desconocidos se dieran prisa en hacerlo, concibió publicaciones que ayudaron a descubrir las riquezas intelectuales y naturales de la Patria grande.

Pintar con la palabra

Martí fundó en julio de 1881 la Revista Venezolana para agradecer a la patria que lo había abrigado desde fines de enero de aquel año. En Caracas, nació una publicación para “levantar la fama, publicar la hermosura y promover el beneficio del pueblo venezolano”, precisó en “Propósitos”.

El Maestro desde esas páginas inauguró un nuevo modo de decir. Urgía una nueva literatura y un nuevo periodismo para contar los sucesos pasados y presentes.

Según expuso el ya fallecido investigador cubano Ángel Augier, “es precisamente en la Revista Venezolana que logró fundar Martí entonces, donde amanece el nuevo estilo que él aporta a la prosa modernista latinoamericana”.

“Cosas grandes en formas grandes; sentimientos genuinos, en pulquérrimos moldes; acendrado perfume en ricas ánforas: he aquí lo que ella anhela, y a poco que la ayuden hallará”, comentó Martí en “El carácter de la Revista Venezolana”.

“Uno es el lenguaje del gabinete: otro el del agitado parlamento. Una lengua habla la áspera polémica: otra la reposada biografía”, expresó en ese texto considerado un manifiesto del modernismo, según varios autores.

Las épocas hablan con el lenguaje ajustado a su momento: “… ni debe poner mano en una época quien no la conozca como a cosa propia, ni conociéndola de esta manera es dable esquivar el encanto y unidad artística que lleva a decir las cosas en el que fue su natural lenguaje”.

El poeta convocó a abrir paso a esta verdad sobre el estilo: “el escritor ha de pintar, como el pintor. No hay razón para que el uno use de diversos colores, y no el otro. Con las zonas se cambia de atmósfera, y con los asuntos de lenguaje”.

“Animada de estos pensamientos, y anhelosa de hacer la obra más útil, la Revista Venezolana viene a luz, no para dar salida a producciones meramente literarias (…) no a ser casa de composiciones aisladas, sin plan fijo, sin objeto determinado, sin engranaje íntimo, ni marcado fin patrio”, puntualizó.

La relación entre lo nuevo y lo antiguo fue para Martí una constante. Esa publicación se escribió con la fuerza de la sinceridad, el método del estudio y solo recabó para sí el derecho a lo grande.

Utilidad de La América

“No hay nada como la entrada de un hombre sincero en un periódico útil”, así se presentó Martí en junio de 1883 ante el público de La América, fundada en abril del año anterior como órgano de la Agencia Americana de Nueva York.

El Maestro llegó en marzo de 1883 como colaborador de aquella publicación y ya en junio estaba al frente de la sección de Letras.

Para enero de 1884 — cuando comenzó a dirigir la publicación — definió: “No periódico queremos solamente que La América sea; sino una poderosa, trascendental y pura institución americana. Este es nuestro periódico de anuncios.”

Desde esa revista aspiró a servir de puente entre el Norte y el Sur de Latinoamérica a través de artículos sobre industria, comercio y agricultura.

Cuando el Maestro se presentó como nuevo director en enero de 1884, demostró que conocía las opiniones del público sobre la revista; pues a quienes querían que La América fuera solo literaria, respondió el poeta con los pies en la tierra: “piden los tiempos algo más que fábricas de imaginación y urdimbres de belleza”.

Luego acotó: “De otras tierras desean que La América se convierta en el exponente serio, en el avisador prudente, en el explicador minucioso de las cuestiones fundamentales, y ya en punto de definición, que se presentan impacientes y dominantes a la América Española”.

En su opinión, se trataba de una empresa embrionaria y como un periódico de retazos y se propuso mejorarla: “Creemos que tenemos mucho que hacer y pedimos a los países americanos que, con su ayuda cordial y efectiva, nos pongan en condiciones de hacer cuanto pensamos, y es preciso”.

A juicio del periodista, era esencial la siembra de escuelas donde se enseñara electricidad, mecánica y oficios para facilitar el desarrollo autónomo de los países latinoamericanos.

Exhortó a conocer las riquezas de la sección sur del continente y a evitar la copia acrítica de cualquier método de desarrollo allende los mares.

La publicación, bajo la dirección del Apóstol, entró en una nueva época “en pro del espíritu americano”.

El Oro de la Edad

Dos artículos sintetizan la línea editorial de La Edad de Oro nacida para, de vez en mes, conversar como buenos amigos con los niños hispanoamericanos: “A los niños que lean La Edad de Oro”, del primer número de julio de 1889, y en el editorial publicado en el reverso de la contraportada de cada ejemplar.

Desde el título del primer editorial, el Apóstol define el público — los niños — , aunque sabe que serán los padres quienes comprarán y leerán la revista a sus hijos.

Se trata de una publicación recreativa y de instrucción: “les contaremos cuentos de risa y novelas de niños, para cuando hayan estudiado mucho, o jugado mucho, y quieran descansar”, según expuso el redactor en “A los niños que lean La Edad de Oro”.

Un Maestro es quien dialoga con los niños en los cuales cultiva valores, mientras los actualiza de lo nuevo y lo viejo del mundo; de las artes y las ciencias; de las culturas de aquí y las de allá.

El desterrado de los afectos filiales y agredido muchas veces por el prójimo, aspiraba al premio del apretón de manos de un niño que lo considerara su amigo. Él, a kilómetros de distancia de sus familiares, consagraba su vida a fundar la familia latinoamericana.

“Los temas escogidos serán siempre tales que, por mucha doctrina que lleven en sí, no parezca que la llevan, ni alarmen al lector de pocos años con el título científico ni con el lenguaje aparatoso”, precisó Martí en el texto del reverso de la contraportada.

Según ese texto, la agenda temática de la revista abarcaba “artículos que son verdaderos resúmenes de ciencias, industrias, artes, historia y literatura junto con artículos de viajes, biografías, descripciones de juegos y de costumbres, fábulas y versos”.

Desde el punto de vista estilístico, la lectura de cada texto debía interesar como un cuento, semejante a La Ilíada: “donde a uno no lo parece, que hay mucha filosofía y mucha ciencia y mucha política, y se enseña los hombres, como sin querer, que los dioses no son en realidad más que poesías de la imaginación…”.

En “Las ruinas indias” expresó: “No habría poema más triste y hermoso que el que se puede sacar de la historia americana. No se puede leer sin ternura, y sin ver como flores y plumas por el aire, uno de esos buenos libros viejos forrados de pergamino, que hablan de la América de los indios, de sus ciudades y de sus fiestas, del mérito de sus artes y de la gracia de sus costumbres”.

Para el redactor importaba mucho el estilo: “Pero lo hermoso de La Ilíada es aquella manera con que pinta el mundo, como si lo viera el hombre por primer vez (…) Y otra hermosura de La Ilíada es el modo de decir las cosas, sin esas palabras fanfarronas que los poetas usan porque les suena bien; sino con palabras muy pocas y fuertes...”.

En sus textos mostró detalles, y así evidenció que apoyaba sus criterios en un estudio minucioso sobre el tema en cuestión. En “La Exposición de París”, por ejemplo, parece que está en el lugar de los hechos:

“Por veintidós puertas se puede entrar a la Exposición. La entrada hermosa es por el palacio de Trocadero, de forma de herradura, que quedó de una Exposición de antes, y está ahora llena de aquellos trabajos exquisitos que hacían con plata para las iglesias y las mesas de los principales los joyeros del tiempo de capa y espadón…”

Martí es un padre que conversó con los niños como Simón Bolívar y el Padre Bartolomé de Las Casas. Un estilista que bebió de la personalidad de los héroes. El decir y hacer de los grandes hombres pulieron su carácter.

Como buen periodista ocupó, regocijó y estimuló las facultades mentales y retóricas de su público.

Encender el ánimo

Martí para encender el ánimo patrio de las tierras hispanoamericanas, reseñó libros referidos a héroes que daban ganas de ser como ellos, y logró hermanar letras e historia.

Sus alabanzas, sin exageración ni mentiras, sobre Nuestra América ayudaron a amar lo propio y evitar que los hijos se avergonzaran de provenir de madres con delantal indio o padres carpinteros.

El Apóstol empleó fuentes, argumentos y sentimientos para hacer vibrar al público con la historia de los incas a acá que debía saberse al dedillo aunque no se enseñara la de los arcontes de Grecia, como sugirió en el ensayo “Nuestra América”.

¿Por qué será que el redactor de la paradigmática La Edad de Oro priorizó el texto de los “Tres Héroes” hispanoamericanos antes de contar a los niños las proezas de los protagonistas de La Ilíada, de Homero?

Martí sacudió a Hispanoamérica desde sus revistas decimonónicas, toca aplicarlo ahora — con creatividad — al periodismo de los tiempos modernos.

 

 Ver el libro Nuestra América

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Etiquetas: 'nuestra, américa', cuba, martí, periodismo

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