La plaza de Tahrir ha sido escenario de un sueño. Esta vez, la revolución sí que fue retransmitida minuto a minuto, cientos de millones de personas de todo el mundo han sido testigos de cómo un pueblo armado únicamente con la fuerza de razón y la determinación de recuperar las riendas de su futuro, ha podido derrotar —no sin sacrificio— a un dictador apoyado por todo el poder militar y económico del imperio y sus agentes en la región. Sin duda, un gran ejemplo para las dictaduras de Oriente Medio y el Magreb, pero también para nuestras pseudodemocracias cada vez más controladas por intereses ajenos a la ciudadanía donde, cada día que pasa, los mercados y sus títeres cercenan más nuestras posibilidades de disfrutar de una vida plena. Ha sido una hermosa lección de la que podremos extraer mucha inspiración y enseñanza. Sin embargo, después de la resaca de euforia, adrenalina, emociones y celebraciones, es necesario pararse un poco a pensar qué puede pasar en el futuro con Egipto y la capacidad de maniobra de las fuerzas contrarrevolucionarias una vez que las aguas vuelvan a su cauce tras el tsunami democrático que ha barrido de norte a sur el país de las pirámides.

No es por aguar la fiesta a nadie, pero la dimisión o el cese de Mubarak sólo ha sido un primer paso. Los militares no han tenido más remedio que sacrificar al jefe a cambio de retener su status como la única institución que puede garantizar el poder del estado o la propia existencia de éste. Hay que tener en cuenta que durante los 30 años de dictadura apenas si queda algún tipo de oposición organizada en el país. Los Hermanos Musulmanes no están constituidos en partido político como tal y representan a algo más del 20% de la población a tenor de los votos cosechados por fuerzas afines cuando Mubarak les dejó presentarse. Sin embargo, toda la cúpula militar es afín al ex presidente, a EEUU y a Israel. A Husein Tantaui, responsable del Consejo Supremo que dirigirá Egipto hasta las elecciones se le conoce popularmente como el “perrito faldero” o la “mascota” del último faraón. Aunque no esté claro su papel en el futuro de la transición, lo de Suleimán, el torturador y favorito de Israel, es aún peor, sólo es otro leal servidor del sionismo y de los intereses del imperio, como ha quedado demostrado por su trayectoria y han retratado los papeles de Wikileaks referentes a la Franja de Gaza. Lo realmente interesante es que los manifestantes, quienes obviamente conocen al ejército mejor que quien les escribe, tampoco se fían de ellos. Antes de retirarse del todo a sus casas piden, el levantamiento del estado de excepción la liberación de los presos políticos y compromisos claros de avance hacia la democracia.

Una vez que todo se estabilice entrará en acción la diplomacia, o mejor, las presiones, para tratar de doblegar o prostituir el espíritu de la revuelta. Resulta patético ver ahora cómo los líderes mundiales que encubrieron y fomentaron la dictadura de Mubarak durante tantos años se sumen ahora con pública y descarada desvergüenza a los anhelos de Tahrir. El tiempo que transcurra hasta la celebración de las elecciones libres y democráticas será crucial para los intentos externos de domesticar la rebelión, por eso sorprendía ayer ElBaradei al pedir un año entero para la preparación de las mismas (casi el doble de lo ofrecido por Mubarak) y por eso es tan importante la reclamación de la calle pidiendo incorporar civiles al gobierno de transición.

Pero no le queda precisamente un camino de rosas a EEUU en Oriente Medio. El status quo que el imperio ha instaurado en la región se basa en alianzas con un elenco de dictadores y reyezuelos que nada tienen que envidiar al rais egipcio. Aunque seguro que el lenguaje será otro en privado, la euforia democrática pública de Obama puede ayudair al temido contagio en el resto de países del área y hacer tambalearse a algún que otro tirano. A pesar de que lo primero que ha hecho el gobierno militar es apostar por el respeto a los “tratados internacionales” en clara alusión a los acuerdos de Camp David firmados con Israel, ningún grupo de la oposición política desea continuar la trayectoria de sumisión hacia el gobierno sionista. No es que en Egipto deseen la guerra contra Israel, pero el vergonzoso colaboracionismo con el bloqueo a Gaza para castigar con la hambruna perpetua a sus habitantes es algo que no está en los planes de ningún partido de los que se vieron en las protestas o en el sentir de los participantes en las mismas, que solían vincular a Mubarak con Israel como forma de denostarlo y repudiarlo.

Israel necesita más a Egipto que Egipto a Israel, entre otras muchas cosas porque tiene la llave del 40% del gas que éste consume a través de un gasoducto que discurre por la península del Sinaí. Un nuevo e independiente país estaría en situación de obligar al estado hebreo a buscar una salida rápida y justa a los contenciosos que mantiene con Palestina, Siria y Líbano. Eso es precisamente lo que temen los sionistas. No al integrismo islámico, como manifiestan a los medios de comunicación cada vez que tienen ocasión (de hecho los integristas judíos son los que gobiernan), sino a un nuevo escenario donde sus interlocutores no sean dictadores sumisos manejados a su dictado, sino con voluntades populares expresadas democrática y periódicamente.

Definitivamente, ayer en la plaza Tahrir se derribó un muro tan simbólico como el de Berlín. Parafraseando a Obama o a su hacedor de discursos: los egipcios han cambiado el mundo, a pesar de Estados Unios y a pesar del propio Obama.

Fuente original: http://www.bitsrojiverdes.org/wordpress/?p=4879

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Etiquetas: EEUU, Egipto

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