Juan Diego García (especial para ARGENPRESS.info)

Las reformas anunciadas por los dirigentes cubanos no son como algunos desean una vuelta al capitalismo o el fin del proceso revolucionario en ese último bastión del socialismo en el planeta. En realidad, las medidas -si caben las comparaciones- se asemejan mucho a la NEP soviética (la Nueva Política Económica) con la que Lenin y Bujarin buscaron armonizar el proyecto de transformación radical de la atrasada sociedad rusa con los vestigios aún vigorosos del viejo régimen (incluidas particulares formas precapitalistas sobre todo en zonas rurales).


La coexistencia del nuevo poder con sectores capitalistas - sometidos a la hegemonía del gobierno soviético- era una necesidad objetiva que en aquellas condiciones no ponía en peligro el poder obrero pero si resolvía múltiples carencias. De igual manera podría entenderse que la dirigencia cubana actual haya optado por permitir la inversión extranjera bajo ciertas condiciones y que mantenga esa política al tiempo que reafirma su propósito de construir el socialismo. Hasta el día de hoy, las distorsiones que generan estos compromisos con los capitalistas extranjeros y con las formas capitalistas locales resultan asumibles, considerando sobre todo las difíciles circunstancias que sobrevienen a la economía cubana con el derrumbe de la URSS. La inversión extranjera en estos años no ha transformado la naturaleza socialista de la sociedad cubana y no habría motivos sólidos para pensar que será necesariamente diferente en el futuro. Tampoco han sido contraproducentes las formas de pequeña propiedad que hay desde los mismos inicios del proceso revolucionario (como resultado de la reforma agraria) ni tampoco las iniciativas privadas que se han permitido en los años recientes y ahora se busca ampliar a nuevos sectores.

El que pudiera denominarse “espíritu de la NEP” cubano aparece en realidad desde el mismo comienzo del proceso revolucionario al menos por lo que respecta a las masas campesinas, produciéndose una coexistencia funcional del régimen socialista con la pequeña propiedad rural, ampliada y reforzada por la distribución de tierras que la Revolución lleva a cabo en cumplimiento de los compromisos adquiridos. Por paradójico que resulte, una revolución que se propone desmantelar el capitalismo se ve impelida en un primer momento a generar una capa considerable de pequeños y medianos propietarios en las zonas rurales, los mismos que forman la masa principal del Ejército Rebelde (igual que sucede en Rusia con Ejército Rojo y en China con Ejército Popular de Liberación). Sin satisfacer las reivindicaciones de ese pobrerío rural la revolución sería impensable en países agrarios. Por ello, y con este mismo espíritu de alianza el paso a formas colectivas tiene que ser siempre resultado de un proceso voluntario y nunca una imposición burocrática como sucedió en la URSS después de la NEP.

A diferencia de Stalin, que disuelve de un plumazo la pequeña propiedad campesina y obliga a la colectivización, los rebeldes cubanos reparten la tierra de los latifundios entre los pobres del campo, empezando por las tierras de la familia Castro Ruz para que no quedara la menor duda de la sinceridad de Fidel cuando afirma: “esta vez, los mambises si entrarán a Santiago” (y no se quedarán a sus puertas para luego ser desmovilizados y traicionados por la oligarquía criolla como sucede al final de la guerra de emancipación del poder colonial español).

Las medidas anunciadas ahora por el gobierno cubano buscan ampliar el espacio de esta pequeña propiedad haciéndolo extensivo a otros ámbitos de la economía. Labores que no son esenciales pero si de engorrosa gestión por la administración pública resultan entonces perfectamente compatibles con la naturaleza socialista del país siempre y cuando se tomen las medidas necesarias para evitar que generen relaciones de explotación y se asegure al mismo tiempo que mediante un sistema adecuado de impuestos los “cuentapropistas” contribuyan al esfuerzo general. Con el mismo criterio otras formas de trabajo que por su propia naturaleza resultan más eficaces de forma individual o familiar son perfectamente compatibles con un sistema socialista. Las actividades económicas del pequeño y mediano agricultor, de los artesanos y artistas, de algunos profesionales y por extensión de infinidad de pequeñas unidades de la industria y los servicios (en forma individual o cooperativa) permiten al estado concentrarse en lo esencial y dejar que un proceso largo de madurez de las fuerzas productivas indique la forma en que finalmente sea factible socializar no solo la producción sino también la propiedad sin generar traumas innecesarios y con el beneplácito de todos.

Además de las reformas en el régimen de la propiedad la Revolución Cubana se propone introducir igualmente importantes cambios en las relaciones laborales, un aspecto éste que remite a debates de mayor calado, pues si es relativamente fácil expropiar a los capitalistas es mucho más complicado -y nunca se consigue por decreto- cambiar la mentalidad de la gente y superar los valores más profundos de la vieja sociedad que en última instancia determinan el comportamiento de los seres humanos. Desde esta perspectiva es clave la generación de una nueva ética del trabajo, diferente a la capitalista, dentro de un proceso general de cambios en los parámetros básicos de la cultura. En efecto, las formas de propiedad se pueden cambiar mediante decisiones políticas que la colectividad mayoritariamente entiende y asume (en fin de cuentas se trata de “expropiar a los expropiadores”); otra cosa es sin embargo cambiar una mentalidad colectiva en la que coexisten principios sanos y solidarios con otros de egoísmo, individualismo, insolidaridad y competencia despiadada por los recursos cuando son escasos (frutos normales de una sociedad capitalista fundamentada en el llamado “darwinismo social” que fomenta la lucha de todos contra todos). Intentar que prevalezca la solidaridad, el desprendimiento, la responsabilidad social y la cooperación desinteresada supone una profunda revolución cultural, nuevos paradigmas en la educación y en los procesos de socialización de los individuos al mismo tiempo que una cierta abundancia en bienes y servicios que diluya la base material de la competencia.

Las coyunturas dramáticas que producen una guerra, una revolución o una catástrofe natural hacen aflorar el heroísmo y lo mejor que cada uno lleva dentro, llegando a sacrificios que enaltecen la condición humana. Es el resultado siempre de situaciones límite que por su propia naturaleza solo pueden durar cortos períodos. Mantener entonces medidas igualitarias en el consumo y exigir el desprendimiento y el trabajo sacrificado en raras del futuro tiene entonces sus límites. Solo se justifica -y es necesario- en aquellas situaciones particularmente críticas. Las medidas igualitarias se justifican solo excepcionalmente pues la igualdad plena exige condiciones materiales y culturales que no se pueden ignorar. Una idea romántica del socialismo -el igualitarismo- conduce más pronto que tarde a conductas inapropiadas que son precisamente el renacer de la vieja ética insolidaria del pasado: el haragán intentará obtener el mayor beneficio con el menor esfuerzo y, en el mejor de los casos, sin esfuerzo alguno.

Terminar con un sistema de salarios que no guarda una relación ajustada con el esfuerzo individual, acabar con subvenciones que hacen prácticamente gratuito el acceso a bienes y servicios claves que se consumen entonces sin considerar sus costos, y poner coto a un sin fin de pequeñas conductas personales y colectivas que van de la dejación (esperar todo del estado) al despilfarro y en no pocos casos a la misma corrupción son pues objetivos del actual proceso de reformas en Cuba para acoplar de manera más cierta la vida cotidiana de la ciudadanía a la naturaleza real del proceso, asegurando el rumbo socialista que se desea. Esto es así porque en una sociedad de escaso desarrollo es imposible aplicar masivamente el principio comunista clásico de “a cada cual según sus necesidades”, sobre todo si existe la certeza de que no habrá por parte del beneficiado cumplimiento del principio complementario de “cada cual según su capacidad”. Retribuir a cada cual “según su trabajo” - que no otra cosa buscan las medidas propuestas en Cuba - no significa en manera alguna el fin del socialismo; es una medida que corresponde a la realidad material y espiritual de la población. Se trata de asumir el nivel real de desarrollo de las fuerzas productivas, no solo en su manifestación técnico-material sino también -y esto es aún más importante- como expresión de una cultura predominante en el factor clave de estas fuerzas productivas: las masas laboriosas.

Por supuesto, la superación de la estrechez material ayuda en gran medida a la consolidación de una nueva cultura aunque no sea el factor único ni el principal. Inclusive en el mismo capitalismo los modernos sistemas de seguridad social que se han establecido en algunos países desarrollados de Europa (y que ahora se intenta desmantelar mediante las políticas neoliberales) aunque sea muy parcialmente funcionan de acuerdo al principio de “a cada cual según sus necesidades” (así funciona básicamente el sistema público de salud). Estos sistemas de seguridad social solo son posibles porque existe una base material de abundancia relativa pero sobre todo por la fuerza política del movimiento obrero que los ha conseguido imponer tras prolongadas luchas. No son un fruto espontáneo del mercado ni se rigen por sus leyes.

La Revolución Cubana ha sido siempre un fenómeno apasionante que difícilmente deja indiferente a nadie. El actual proceso de reformas es sin duda uno de los más importantes -si no el más, a juzgar por las declaraciones de sus responsables políticos-. Y es sobremanera atractiva como proceso social no solo por la particular personalidad de sus dirigentes sino sobre todo por la participación de la ciudadanía, por el entusiasmo de sus gentes, la alegría con la cual los cubanos hacen frente a las mayores adversidades y la capacidad de sus gentes para ser creativas y espontáneas seguramente sin tener conciencia precisa de que hacia ellas se dirige hoy la atención del mundo.

La NEP soviética fue truncada abruptamente por Stalin, probablemente como fruto de errores de apreciación teórica tanto como por necesidades y urgencias resultantes del atraso de Rusia y sobre todo del acoso a que siempre fue sometido aquel proceso. No parece que algo similar pueda producirse en la Cuba de hoy y, de nuevo, sorprende cómo un pueblo pequeño por su número resulta capaz de encarnar desafíos clásicos del socialismo y mantener viva la utopía de la emancipación del trabajo que siempre inspiró al movimiento obrero.
Tomado de Argenpress.info

Vistas: 6

Comentario

¡Tienes que ser miembro de Blogueros y Corresponsales de la Revolución para agregar comentarios!

Únete a Blogueros y Corresponsales de la Revolución