Antonio Peredo Leigue


La votación de la asamblea general de la ONU, el pasado 28 de octubre, sobre el bloqueo a Cuba, fue abrumadoramente condenatorio del cerco norteamericano a la isla Caribeña. 187 miembros, de los 192 que pertenecen al organismo internacional, se pronunciaron en contra, 3 votaron por el mantenimiento de la medida y 2 se abstuvieron. Entre estos últimos, estaba el gobierno de las Islas Marshall.

De pronto, una historia de atrocidades salió a la memoria de muchas personas. Y es bueno retomar los datos. Que no se olviden los crímenes de lesa humanidad cometidos a nombre del avance de la ciencia. Los gobiernos de Harry S. Truman y Diwght D. Eisenhower, entre fines de los ’40 y casi todos los años ’50, usaron esas islas para hacer experimentos nucleares. Es decir, los atolones que son parte de ese archipiélago fueron impactados con bombas atómicas e incluso alguna de hidrógeno.

¿Sabían que Bikini es el nombre de uno de estos atolones que fue prácticamente destruido por los impactos nucleares? Fue después de los sucesivos experimentos que hizo el ejército norteamericano en ese atolón que se le dio el nombre a la malla de baño hoy tan común, pero entonces sensacional.

Fueron sesenta y siete las explosiones. Por supuesto, estaba destacado allí un contingente militar que sufrió graves consecuencias, a cuyos integrantes les fueron advertidas y de las que estuvieron prohibidos hablar jamás. Se sabe de ellos, muy poco ciertamente, pero se sabe. En cambio, nada se conoce de las consecuencias que sufrieron los habitantes de esas islas. Actualmente son menos de 70 mil personas. Aunque forman una república, cuya independencia formal data de 1990, no es otra cosa que un protectorado de Estados Unidos. Es que, aquellas islas, pasaron sucesivamente por manos de los gobiernos imperialistas hasta que, después de terminada la IOOIO Guerra Mundial, fueron entregadas, como botín de guerra, a los Estados Unidos de Norteamérica. De ese modo y con la venia del Consejo de Seguridad de la ONU, convirtió a esa porción del planeta en un blanco para sus disparos nucleares, preparándose para la guerra que esperaba iba a estallar en cualquier momento.
Hoy día, Washington desembolsa cada año unos cuantos millones de dólares, dizque en compensación a la destrucción que causó en las islas Marshall.

¿Cuáles son las consecuencias de esa terrible experiencia para el territorio y para la población de ese grupo de islas y atolones que hoy forman una república? Nadie ha rendido cuentas de esa atrocidad. Es más: el carácter de protectorado con que, Estados Unidos, ha retenido a ese país, es una forma de protegerse de la divulgación de los efectos que ha dejado en el territorio. Apenas unas tímidas películas, que se disfrazan con la truculencia de arañas gigantes o diminutos saurios que se introducen en el cuerpo humano para devorarlo, intentan recordar que algo terrible pasó en las islas Marshall.

Es cierto que, de alguna manera, Estados Unidos de Norteamérica, puso en la actualidad a esa nación perdida en la inmensidad del Océano Pacífico. Eso, ha permitido recordar una más de las deudas pendientes que tiene la mayor y soberbia potencia mundial, que hace unos días se permitió decir, a través de su embajadora en la ONU, que no tiene sentido que la asamblea general, cada año condene la política de bloqueo, porque Washington seguirá haciéndolo.

Enviado por nuestro compañero Dragutin Lauric desde Bolvia

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