En este contexto cobra relevancia la declaración del ministro iraní de Petróleo, Rostam Qasemi, quien ayer advirtió que su país se dispone a interrumpir el suministro de crudo a algunos países, presumiblemente los que hace unos días promovieron el embargo europeo a las exportaciones de hidrocarburos de Irán. Por su parte, Ahmad Qalebani, viceministro del ramo y director de la empresa estatal de petróleo, señaló que el precio del barril de crudo en los mercados internacionales puede llegar a entre 120 y 150 dólares a consecuencia de la prohibición europea de importar crudo iraní.
Independientemente de las posibilidades de los clientes de Irán de diversificar sus fuentes de suministro petrolero y de un incremento de la producción de Irak, Libia y Arabia Saudita, jugar con la estabilidad de los mercados energéticos mundiales constituye una gravísima irresponsabilidad de la UE y de Estados Unidos, por cuanto las alzas y las caídas drásticas de las cotizaciones petroleras suelen tener efectos desastrosos para la mayor parte de los segmentos económicos, particularmente para los países menos desarrollados y para los asalariados, sin distingo de nacionalidad y residencia, de por sí afectados por la recesión que se origina en el sur de Europa y que, en lo inmediato, proyecta una perspectiva ominosa hacia el resto del mundo.
Pero aparte de las negativas consecuencias económicas que puede traer aparejadas la hostilidad de Bruselas y de Washington contra Irán, dicho acoso es condenable porque carece de fundamento según la normatividad internacional, constituye una agresión injustificable a un Estado soberano e incrementa las probabilidades de un nuevo conflicto bélico en una región ya devastada por las guerras. Consciente de esta perspectiva, y en un aparente coqueteo con el voto conservador estadunidense, la administración de Barack Obama incrementa la presencia militar de su país en el golfo Pérsico y en los alrededores del estratégico estrecho de Ormuz, en lo que constituye otra vertiente del peligroso juego occidental. Tal aumento de fuerzas, especialmente navales, puede llevar en cualquier momento a una escaramuza, incluso accidental, que a su vez detone una escalada bélica de consecuencias imprevisibles.
El cerco contra Irán debe cesar y para ello es preciso que las sociedades europeas y estadunidense hagan oír su voz ante sus respectivos gobiernos, y los disuadan de emprender una nueva guerra colonial que, pese a los cálculos de quienes sueñan con obtener utilidades de la destrucción y de la muerte, sería necesariamente desastrosa para todos.











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