Irán y el juego peligroso de Occidente

Irán y el juego peligroso de Occidente
La ofensiva diplomática, económica y política de Occidente contra Irán se desarrolla a partir de una doble lógica: por una parte, las potencias europeas y Estados Unidos buscan liquidar o cuando menos someter a un Estado con determinación independiente y soberana; por la otra, propiciar el surgimiento de nuevos escenarios bélicos o prebélicos, cuando las guerras contra Irak y Afganistán se encuentran agotadas, en un escenario de economías desesperadas en la que la industria militar parece ser la única capaz de sacar a los países de la Unión Europea (UE) del precipicio en el que los ha hundido la desmedida especulación financiera.

En este contexto cobra relevancia la declaración del ministro iraní de Petróleo, Rostam Qasemi, quien ayer advirtió que su país se dispone a interrumpir el suministro de crudo a algunos países, presumiblemente los que hace unos días promovieron el embargo europeo a las exportaciones de hidrocarburos de Irán. Por su parte, Ahmad Qalebani, viceministro del ramo y director de la empresa estatal de petróleo, señaló que el precio del barril de crudo en los mercados internacionales puede llegar a entre 120 y 150 dólares a consecuencia de la prohibición europea de importar crudo iraní.

Independientemente de las posibilidades de los clientes de Irán de diversificar sus fuentes de suministro petrolero y de un incremento de la producción de Irak, Libia y Arabia Saudita, jugar con la estabilidad de los mercados energéticos mundiales constituye una gravísima irresponsabilidad de la UE y de Estados Unidos, por cuanto las alzas y las caídas drásticas de las cotizaciones petroleras suelen tener efectos desastrosos para la mayor parte de los segmentos económicos, particularmente para los países menos desarrollados y para los asalariados, sin distingo de nacionalidad y residencia, de por sí afectados por la recesión que se origina en el sur de Europa y que, en lo inmediato, proyecta una perspectiva ominosa hacia el resto del mundo.

Pero aparte de las negativas consecuencias económicas que puede traer aparejadas la hostilidad de Bruselas y de Washington contra Irán, dicho acoso es condenable porque carece de fundamento según la normatividad internacional, constituye una agresión injustificable a un Estado soberano e incrementa las probabilidades de un nuevo conflicto bélico en una región ya devastada por las guerras. Consciente de esta perspectiva, y en un aparente coqueteo con el voto conservador estadunidense, la administración de Barack Obama incrementa la presencia militar de su país en el golfo Pérsico y en los alrededores del estratégico estrecho de Ormuz, en lo que constituye otra vertiente del peligroso juego occidental. Tal aumento de fuerzas, especialmente navales, puede llevar en cualquier momento a una escaramuza, incluso accidental, que a su vez detone una escalada bélica de consecuencias imprevisibles.

El cerco contra Irán debe cesar y para ello es preciso que las sociedades europeas y estadunidense hagan oír su voz ante sus respectivos gobiernos, y los disuadan de emprender una nueva guerra colonial que, pese a los cálculos de quienes sueñan con obtener utilidades de la destrucción y de la muerte, sería necesariamente desastrosa para todos.

http://www.jornada.unam.mx/2012/01/30/edito

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