Hiroshima y Nagasaki: Estados Unidos impone sus intereses en el mundo mediante la barbarie

 En Hiroshima y Nagasaki se realizó una masacre de niños, adultos y ancianos con más de 80.000 y 140.000 personas muertas respectivamente, los días 6 y 9 de agosto de 1945. Todo esto después de la capitulación nazi el 7 de mayo de 1945, a la que EE.UU. había contribuido prácticamente muy poco o casi nada, ya que no fue su enemigo oficial ni se enfrentó directamente a ellos hasta el final de la contienda, cuando ya los nazis estaban muy debilitados y habían perdido cualquier opción de poder ganar. Hay que recordar que EE.UU. entró en Normandía en junio de 1944, algo menos de un año antes de la capitulación alemana. En esta situación Estados Unidos no podía pretender tener un gran derecho militar o moral sobre el resultado final de la guerra, ya que otros contendientes como Inglaterra o especialmente Rusia tenían mucho más que decir porque habían sufrido y se habían sacrificado mucho más. Por ello ante la falta de buenas razones para convencer por algún motivo legal, moral o ético, la administración estadounidense marcó y puso las condiciones de la negociación sobre la posguerra  mediante el uso, fuera de lugar y extremadamente criminal, de la fuerza, con las nuevas tecnologías de las armas nucleares. Se trataba de condicionar e intimidar a la Unión Soviética, la cual  quería reparaciones por los daños y ataque sufridos, entre estas concesiones estarían que en Polonia o en Alemania no hubiese gobiernos hostiles hacia la  potencia soviética para evitar los sucesos recientes. Las grandes empresas  y el sistema financiero estadounidense rechazaron de plano tal posibilidad, porque ellos habían hecho grandes negocios en Alemania durante el periodo nazi y no querían perder el dominio sobre este importante mercado. También querían evitar que el régimen soviético tomase algún control sobre el Pacífico o el Sureste de Asia, una zona que se reservaba para sí los EE.UU.35 Esta posición del mundo de los negocios determinó la postura del gobierno estadounidense para lanzar las bombas atómicas con el fin de intimidar al régimen soviético,  de modo que no obtuviese lo que deseaba, y los EE.UU. se hiciesen con el control casi absoluto de amplias zonas y de sus intereses económicos. El motivo de esta barbarie militar no fue “traer los chicos a casa”,35 como decía  Truman, sino que fue otra vez el interés económico de la élite en el poder. Desde Roma hasta hoy estos objetivos no han cambiado, y desde Roma hasta hoy han continuado también similares métodos de justificación, que poco tienen que ver con las intenciones reales.
Que no era necesario el uso de bombas atómicas era bien conocido por los dirigentes estadounidenses, que ya habían conseguido destruir no solo la capacidad militar sino la civil de Japón, al arrasar incluso con bombas incendiarias sus ciudades, como fue el caso de Tokyo. Sabían además que los líderes japoneses deseaban negociar las condiciones de la rendición:
Si los aliados hubieran dado al príncipe -el príncipe Konoye, emisario especial en Moscú para ensayar una intercesión de Rusia en favor de la paz- una semana de gracia para obtener el apoyo de su gobierno para la aceptación de las propuestas, la guerra podría haber terminado hacia finales de julio o comienzos del mes de agosto, sin bomba atómica y sin participación soviética en el conflicto.33
Lo expresaba así el investigador norteamericano Robert Butow después de estudiar los documentos del ministro de Asuntos Exteriores japonés, los archivos del Tribunal Militar Internacional de Extremo Oriente y registros de interrogatorios del ejército estadounidense. También el gobierno de EE.UU. era conocedor de un mensaje enviado por el ministro de Asuntos Exteriores, Togo, al embajador japonés en Moscú, para que Rusia intercediera en las negociaciones de la rendición. Todo el mundo involucrado en la guerra sabía que la rendición era inminente, y en muy primer lugar la administración estadounidense. Lo que ya no todo el mundo conocía eran los planes de la élite de EE.UU., que no pasaban por otorgar ningún protagonismo a Rusia y mucho menos acabar la guerra en una condición de igualdad. Estados Unidos tenía delante mismo lo que largamente había deseado desde su ocupación de Cuba, Puerto Rico, Hawái o Filipinas, ser una potencia mundial, y ser la primera potencia del mundo. Y quería demostrarlo ya que la situación era la propicia, dado el desgaste y debilidad de sus rivales, y lo hizo de la forma que suelen hacerlo los grandes imperios, mediante la brutalidad, la crueldad y el comportamiento in misericorde. Todos tenían que aprender la lección mediante el miedo, especialmente la Unión Soviética, de quién era ahora el que mandaba y quién iba a poner las condiciones por la fuerza. No obstante, como es habitual, el presidente de EE.UU., Truman, mintió sobre el bombardeo:
Truman mintió indicando que Hiroshima era una base militar –elegida “porque nosotros queríamos en este primer ataque evitar matar civiles”, dijo este notable asesino masivo de civiles.34
De: Mikel Itulain. Justificando la guerra.

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