Fin de la historia

La poesía es historia bien escrita. “Ama tu ritmo y rima tus acciones”, sugiere Rubén Darío. Por ello, sólo estaremos a punto para entrar en el fin de la historia cuando, por ejemplo, la oda a una botella de Coca-Cola, de cualquier yanqui dipsómano, desplace a la “Oda a una urna griega”, de John Keats, como el bote de sopa Campbell sustituyó a La Gioconda en el campo de la pintura. Aunque a San Juan se le haya pasado por alto, esta será una prueba evidente de que se aproxima el fin de los tiempos. Lo de ahora, mal que les pese a los del pensamiento único y la contabilidad doble, no es sino un ensayo de actores que todavía no dominan su papel, y se les nota en el excesivo énfasis que ponen en su actuación. Sobreactúan, como decían los críticos teatrales de antaño, porque ellos mismos no están convencidos de que lo estén haciendo bien.

La historia no ha terminado, como no han terminado el capitalismo y la lucha de clases que éste entraña. Fukuyama patinó después de la caída del muro, como patinó Hegel después de la batalla de Jena. Dos virtuosos del patinaje artístico que no alcanzarán ningún premio por ello. Los de Hegel –todavía hay clases– los consiguió por sus notables éxitos en otras lides que eximen del patinazo, pero a Fukuyama, como a la niña de la canción, “al caerse se le vio que no sabía patinar”, incómoda situación en la que cualquiera puede verse implicado, pero que es más sangrante cuando es debido precisamente a un patinazo que adquieres fama de gurú de cualquier cosa, de politología en este caso.

Si la crisis económica está sirviendo para algo positivo, es, entre otras cosas, para derribar de sus pedestales a estos falsos profetas de un tercer milenio con tanta previsión de calamidades como las que se auguraban para el segundo, y que se cumplieron sólo en lo que era natural por las condiciones habituales de los reinos de este mundo: plagas, guerras y otras chapucerías propias de las sociedades humanas; pero no en que los nuevos tiempos traerían consigo necesariamente el apocalipsis que pusiera las cosas en su sitio por siempre jamás. Francis Fukuyama creyó haberlo encontrado hace unos años y otros profetas de su cuerda le siguieron entusiasmados. Hallaron un eco complaciente en los medios del sistema y lo que en otras circunstancias no hubiera sido sino una teoría más de las que se suele parir en tiempos de crisis, se convirtió en una verdad casi axiomática: la historia había terminado, empezaba la posthistoria.

Los profetas antiguos pasaban grandes temporadas entre los pedregales del desierto, comiendo cigarrones y recalentándose el cerebro con el solajero, y cuando lo tenían a punto de ebullición empezaban a soltar vaticinios por aquella boca que su dios les había dado: que si las alimañas anidarían entre las ruinas de Babilonia, que si del esplendor de Asur no quedaría piedra sobre piedra… y otras premoniciones llenas de optimismo catastrófico, que ahora, a tropecientos mil años vista, se han cumplido como no podía ser menos. También el Sol acabará enfriándose y la Tierra haciéndose inhabitable.

Los profetas de ahora no van al desierto a ponerse en vena, sino que los días que no están actuando en el Club Bilderberg o en el Foro Económico Mundial de Davos, digamos como lugares apropiados para lanzar profecías, están encerrados en sus despachos enmoquetados con series de Andy Warhol en las paredes (la “Campbell’s Soup Cans”, por ejemplo) y realizando, mediante complicados cruces estadísticos y sesudos cálculos macroeconómicos, siempre procedentes de afines think tanks (tanques de pensamiento, en español), ejercicios de efervescencia craneal que les permitan hacer después un buen papel en los centros políticos y económicos del capitalismo rampante.

Pero se les ha acabado la cuerda. Después de la crisis que sus teorías han provocado en el sistema, al que sirven con tanta entrega, cualquier variación sobre el asunto sólo produciría hilaridad, si no fuera porque detrás de los tanques de pensamiento están los tanques de verdad. El fin de la historia sólo se producirá cuando en última instancia a base de bombazos acaben metiendo en la cabeza de los supervivientes, entre otras cosas, que una botella de Coca-Cola es más digna de ser inmortalizada en un poema que la bella urna griega de Keast.

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Comentario de Martha Lidia Ferreira Fernández el febrero 1, 2011 a las 7:38am

 

Excelente Artículo que marca la diferencia abismal entre deseo y realidad, entre la virtualidad y lo concreto. Los hombres debemos aprender a hacer mayor y mejor uso de nuestra capacidad de pensamiento, para ahorrar esfuerzos en interpretaciones de gurúes...

Nada mejor que aprender a ver desde lo más cercano a lo lejano, de lo inmediato al futuro para diferenciar, a cabalidad, lo REALMENTE POSIBLE de aquellas "posibilidades formales", sin condiciones para su concreción, blandidas como banderas de distracción para acabar haciendo languidecer la VERDAD y posponer en acciones en el tiempo.

Considero que cuando ciertos intelectuales se ponen a interpretar y desentrañar cuanta Teoría nueva aparece en el horizonte de una humanidad que nos hacen creer no sabe dónde va, no sólo pierden su tiempo sino olvidan el comienzo de cualquier intento de ello que se haga, preguntándose "a quien sirve", a qué intereses responde. Es bueno leer para debatir con argumentos sólidos pero no "aliarse" al gurú, ya antes de comenzar y hacer un inimaginable esfuerzo y pérdida de tiempo útil, en tratar de argumentarlo de alguna forma para darle razón.

Cuántos "intelectuales" se perdieron en la socialdemocracia europea, en el bienestar de países nórdicos, mientras los pueblos resistían, y entregaban su vida martirizada, a dictaduras infames, marginalidad de todo tipo y profundidad, cuántos creyeron que cuando "las migajas que caían de la mesa del señor" aumentaba eso era una sociedad sin clases ni antagonismo ?

La realidad ES y debemos caminar con ella, no importa si nos apetece o no... Casi nunca, ni en lo social ni personal, caminamos con lo que desearíamos ser o tener, sino con lo que hay. Reconocer la REALIDAD, es aceptarla y el mejor punto de partida para engendrar tácticas, estrategias y formas de transformar una posibilidad real en una superior realidad.

Gracias compañero por el aporte: los revolucionarios verdaderos, los que somos "transformadores" de raza, y duro aprendizaje de consolidación de decisiones férreas tomadas, somos optimistas y nos basamos en el subjetivo del pueblo, no en fantasías de gurúes con afán de best sellers.