Tengo tal fe en el trabajo continuado y en la perseverancia tenaz de la experiencia y el ejemplo, que aún a expensas de tildarme de idealista, sigo en mis treces de llamar a las conciencias que, dormidas o anquilosadas por el conformismo permanente.

Debemos seguir dando aldabanazos en aquellos cerebros que dormitan como rodrigones entorpecedores de la verdadera justicia, y debemos –aunque muchos lo sientan-, de continuar derramando a manos llenas, el consejo sano y leal que, cual bálsamo vivificador, arranquen en los corazones de aquellos que sintieron la justicia y no la tuvieron, y prenda, también con raíces inextinguibles en aquellos otros que, abusando de ella, la escarnecieron.
Es necesario sacudir el lastre pegajoso que aún nos invade, y elevándonos unos codos de las miserias humanas, sepamos evolucionar, con dignidad y nobleza de sentimientos, a la altura que la situación actual requiere.

La muchedumbre tenemos que hacer que deje de ser rebaño, obligándoles a que se sacuda la coyunda oprobiosa del “pasotismo”, y se incorpore con un sentido de responsabilidad a la nueva sociedad revolucionaria, dejando de jugar a los dados con el nombre inmaculado de democracia y libertad, a cuyo amparo no se pueden cometer mas actos irresponsables. Y a los que no se llamen muchedumbre y según ellos entran en la categoría de privilegiados o seleccionados, hay que hacerles comprender su posición en esta hora de de justicia social.

No queda otro remedio que cambiar nuestras costumbres sociales, democratizar, de verdad, nuestros pensamientos e impulsar nuestras voluntades hacia una comprensión social que fraternice a todas las personas. Hay que evitar las asperezas a que nos llevan los problemas que la sociedad debe resolver, pensando en la revisión y en la lucha de nuevos valores, fundamentales para una renovación moral completa, cuya difícil solución radica, esencialmente, en la condición humana del hombre que tolera cualquier injusticia y no transige con la abolición de sus privilegios, sabiendo que son los grilletes que le tienen esclavizados. Tenemos en nuestra propia condición la solución de muchos de los problemas que inquietan a los pueblos; pero el orgullo estúpido de pasados poderes, nos impide afrontarlos con serenidad, y es, que si una injusticia se pretende nivelar con otra, jamás se conseguirá.

Es preciso no hacer que los problemas vayan a la deriva, sino cara a la realidad y sin rehuirlos. En el presente momento se fomenta, con los procedimientos de todos, la tiranía de los de “arriba” y el odio de los de “abajo”, sin alcanzar, ninguno, la justicia legítima que por ley natural debe conseguir. Los pactos o negociaciones absolutas de uno u otro campo aumentan las dificultades. Ese no es el camino. Rechazar unas normas, condenables por injustas, para asentar y levantar sobre sus escombros otras de igual condición, no es el derrotero apropiado para inflamar de cordialidad los espíritus inquietos que aspiran a una compenetración por el camino radical de las libertades y de nuestra manera de ser. Los irritantes egoísmos, irreconciliables, aumentan las dificultades y agrandan el abismo. Sólo en buenos principios de conciliación humana y fraternal, sostenidos con equidad y fuerza moral, se podía aspirar a poner en marcha el motor social que cada dia amanece con una pieza corroida e inutilizada. Vayamos, pues, en busca de armoniosas revoluciones que a todos satisfagan y a nadie perjudiquen.

La fuerza moral nos enseña que el que quiere ser dueño de algo, debe serlo antes serlo de sí mismo, procurando ser mejor y conducirse mejor que a los demás. Esta es siempre la verdadera ley del progreso. Cuando propugnemos un beneficio para nosotros mismos, debemos desear el de los demás con igual interés.
La independencia política, como la libertad no son producto de la fuerza material, sino del esfuerzo espiritual de una voluntad cuya rectitud esté siempre dispuesta a merecerla. Nadie sueñe con los mesías, reyes o caudillos pensando en ser redimido por ellos, nadie le redimirá si él no esta dispuesto a redimirse. Uno sólo no es nadie aun cuando sea un superhombre, la gama entrelazada de las voluntades unidas, lo es todo. Es necesaria una confianza absoluta en nuestras propias fuerzas. El factor humano que con egoísmo desmedido se organiza para su bien exclusivo, su mismo egoismo le precipita en el derrumbadero de su existencia.

Es preciso una tranformación total de las costumbres, actividad, movimiento y lucha por la justicia. La quietud o el sueño es signo evidente de estancamiento e ignorancia. Hay que marchar, avanzando en un sentido positivo de mejoramiento social, evolucionando en un sentido fraternal hasta llegar a la meta de la perfección social.

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