En España, para los tiempos de excepción: AUDACIA

Javier Couso

Ya estamos al principio, al principio de la nada.

Hemos sido vendidos, sacrificados en el altar de lo que llaman “mercado”. España debería mudar el nombre por el de Bancaña. Ahora nosotros, nuestros hijos y hasta nuestros nietos tendrán que hacer frente a una deuda odiosa e ilegítima contraída por ladrones que visten caros trajes de tecnócrata.

Aparte de blindar un sistema por medio de una ley electoral que favorece un régimen de alternancia con dos partidos casi calcados en lo económico, reformaron la otrora intocable Constitución sin ni siquiera realizar la escenificación de consultar al pueblo, en teoría soberano, para sacralizar el pago de esta condena perpetua del país que llaman deuda.

Todo un sistema montado para rendir países soberanos a un poder financiero que se erige victorioso y exige la entrega de todas las conquistas sociales. Estamos en el principio de un nuevo feudalismo que busca sin complejos acabar con el modelo de ciudadanía con derechos.

Pese a los antecedentes en Latinoamérica por calcadas políticas, o el empeoramiento de las condiciones de vida que afectan ya a una parte significativa de la población, esto no acaba de estallar. La última vuelta de tuerca ha sido el rescate de los bancos privados cifrado en 100.000 millones de euros. Estafa que anticipa un previsible ataque a las clases populares de obligado cumplimiento por imperativo del Eurogrupo y del artículo 135 de esta Constitución ahora neoliberal, que seguramente llegará con la subida del IVA, nuevos recortes para los trabajadores del sector público e incluso con una bajada de las paupérrimas pensiones.

Cuando me pregunto cómo se puede hacer este anuncio sin que arda medio país tengo que remitirme inmediatamente a lo que parece un obsesión aunque no sea más que el intento de desentrañar una madeja que permita entender el funcionamiento de la sumisión general y la forma de ayudar a revertirla. Me estoy refiriendo a la comunicación, a la forma de transmitir ideas, sentimientos y emociones por parte del poder.

Aparto por un momento otros aspectos de la ecuación, como la fragmentación de la izquierda, la domesticación de una parte de ella o la falta de proyectos políticos de cambio. Están relacionados, pero una pieza importante de la causa de esta deriva es el mecanismo bien engrasado para conquistar mentes y corazones.

Estoy leyendo sobre Goebbels, el preclaro, inteligente y apabullante dirigente nazi que es referencia obligada en cualquier reflexión que se ocupe de la propaganda. Él fue un maestro en el arte de la persuasión, elevó la maquinaria propagandista al nivel de la perfección. Con cada página leída compruebo que fue una de las patas, quizás junto a Hitler la más importante, sobre la que se construyó el triunfo, consolidación y perpetuación de un proyecto dictatorial extremadamente agresivo y fundado bajo la premisa del odio racial.

Proyecto delirante que fue vendido con un envoltorio luminoso y estudiado al milímetro para seducir, conquistar y convencer, por medio de la repetición, los mensajes simples, el maniqueísmo, las mentiras afirmativas y los eufemismos. Todo mezclado en una olla de liturgia religioso-militar y amplificado por los medios de masas del momento (prensa escrita, radio y cine) que lograron hipnotizar a la mayoría de un país que fue cantando el Horst Wessel Lied hacia el holocausto colectivo, propio y ajeno.

Pasada la II Guerra Mundial, la maquinaria creada por Goebbels fue utilizada por los vencedores. Al igual que los científicos o espías, los propagandistas nazis fueron recibidos con los brazos abiertos por los estadounidenses y resultarían fundamentales, tanto en el desarrollo de la publicidad-propaganda, como en la consolidación del espectáculo-propaganda de Hollywood.

Ya no se llama así pero la combinación del bombardeo de publicidad, la industria occidental de entretenimiento y los grandes medios de comunicación, constituyen una triada que son, de hecho, un gigantesca máquina de propaganda actual al servicio de los intereses comunes del poder, hoy, del poder financiero.

Como siempre, todos los mensajes de masas, sean publicitarios, culturales o informativos, tienen un corpus común que, con la modernización y mejoramiento de los principios goebbelianos, se dirigen a la legitimación de este sistema de injusto reparto, a través de la sugestión, la simplificación, la espectacularidad, …

De ahí la necesidad que tienen de: repetir que el nuestro es «el mejor de los sistemas», presentar como “supervillanos” a líderes que representen caminos diferentes como Hugo Chávez, Evo Morales o Fidel, siempre mezclados con “superterroristas” que contagien maldad, la ocultación de salidas económicas y sociales diferentes como el ALBA latinoamericano, el proceso Islandés o la esperanza de Syriza en Grecia, la satanización cuando no se pueden ocultar los proyectos diferentes de futuro, la simplificación maniqueísta del mundo, la vida y la muerte como espectáculo, el consumo hedonista como bandera, la presentación del expolio económico como un conjunto de desastres naturales inmutables y la venta de recetas de salvación por parte de los mismos que causan las catástrofes.

Se vende una ética de consumo rápido con satisfacción inmediata en el mejor mundo posible pero acechado por malvados. Esta es la única realidad posible, no es del todo mala, y debe ser protegida aunque haya que perder los atributos que la hacen buena, como la participación democrática, el Estado de Derecho o el trabajo para acceder al consumo. Sacrificios para mantener un supuesto bien común, aunque ya no se participe del ritual colectivo.

A pesar de estar sufriendo uno de los mayores ataques sociales y a pesar también de que existen alternativas en el mundo, algunas muy cercanas en el tiempo y la geografía, la mayoría de la población está persuadida de que no hay nada viable fuera de este sistema.

Sumadas a nuestra nula cohesión, la atomización en parcelas asiladas, por lo tanto inofensivas, y la falta de altavoz mediático para llegar a la mayoría de la población, carecemos de armas para atacar esta propaganda perversa y tan bien engrasada que ni parece propaganda.

Necesitamos recuperar nuestra identidad dentro de un proyecto de ilusión colectiva. Nos hace falta épica, creer que de verdad todo puede cambiar, recuperar el impulso, rearmarnos moralmente.

Y ya va siendo hora, hay que aprovechar las enseñanzas pasadas, los presentes que dicen no a las recetas del FMI y los futuros, como el griego, que pelean la hegemonía electoral posicionando un discurso de oposición a la Europa neoliberal.

Desde la realidad de organizaciónes o partidos hacia la unidad plural que lance la idea de un frente con pocos puntos consensuados en torno a la soberanía económica y ciudadana, un proyecto que pueda ser herramienta para frenar y revertir esta nueva época feudal-financiera a la que nos están abocando.

Los destellos de Islandia o Grecia empiezan a colarse por entre las grietas de la maquinaria de control y llegan a unas calles ávidas de nuevos rumbos. Hay que aprovechar el creciente disenso colectivo para señalar camino, para mostrar alternativas. Esto no es inmutable y no somos seres inermes. Podemos crear algo diferente y mejor.

En estos tiempos de excepción, audacia, como decía Marat. Por la creación de un Frente de izquierda plural que, en las calles y en las urnas, pelee por un nuevo marco constitucional libre de la imposición del poder financiero y de los grandes empresarios. (Tomado de Hablando república)

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Etiquetas: REFLEXIÓN

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