Mohamed Omer
International Middle East Media Center (IMEMC)




Abdullah (con camiseta roja) y su hermano pequeño juegan a “árabes e israelíes” con sus amigos al sur de la Franja de Gaza, en la ciudad de Rafah. (Foto: Mohamed Omer)


El 6 de septiembre de 2010, en el importante periódico alemán “Der Spiegel” se publicaba un artículo de Joerge Blech con los hallazgos de un rompedor estudio sobre la inteligencia titulado “Studies Show Nurture at Least as Important as Nature” [“Estudios muestran que la nutrición es al menos tan importante como la naturaleza”].

Los investigadores averiguaron que una situación prolongada de pobreza, estrés y otros factores medioambientales –incluyendo la guerra y la pobreza que impiden la satisfacción de las necesidades básicas- afecta directamente a la inteligencia de los niños y, por tanto, a sus perspectivas vitales.

Anteriormente se creía que la inteligencia tenía una base genética en un 80%. Sin embargo, estos últimos hallazgos muestran que al menos el 50% de la inteligencia de un individuo está actualmente determinado por factores medioambientales. Más específicamente: cuanto más estrés, menor desarrollo mental. Como uno de los investigadores, Richard Nisbett, psicólogo de la Universidad de Michigan en Ann Arbor, señaló: “Durante la II Guerra Mundial, algunos niños holandeses empezaron tarde el colegio debido a la ocupación nazi, lo que tuvo consecuencias de capital importancia. La media en el test psicométrico de inteligencia en esos niños fue de siete puntos por debajo de los niños que empezaron a ir al colegio con normalidad tras el asedio”.

La persecución nazi y la II guerra Mundial en Europa, que duraron desde 1933 a 1945, afectó a toda una generación de niños. En contraste, la desposesión y ocupación de Palestina por parte de Israel dura ya seis décadas y suma y sigue. Generaciones de niños palestinos se han visto afectados física, psíquica y materialmente. Desde que Ariel Sharon instigó la Intifada de Al-Aqsa a finales del 2000, la represión israelí se ha ido intensificando en Gaza cada vez con mayor rapidez. Según “Gaza Strip: A Humanitarian Implosion”, un informe de 16 páginas de la BBC publicado en marzo de 2008: “En septiembre de 2007, una investigación realizada por la UNRWA en la Franja de Gaza reveló que en los colegios, en las etapas de cuarto a noveno grado, se daba casi un 80% de fracaso escolar, llegando a tasas del 90% en matemáticas. En enero de 2008, UNICEF informó que había colegios en Gaza que estaban cancelando las clases en las que se necesitaba de un alto consumo energético, como informática, laboratorios de ciencias y actividades extracurriculares”.

El informe añadía: “En Gaza ha aumentado enormemente la cifra de personas que viven en la más absoluta pobreza. En la actualidad, el 80% de las familias de Gaza depende de la ayuda humanitaria, comparado con el 63% en 2006. Este aumento expone los niveles de pobreza y la incapacidad, sin precedentes, de la gran mayoría de la población para conseguir los alimentos más básicos”.

La guerra, la pobreza, el estrés causado por la inseguridad económica y personal debido al hecho de vivir bajo ocupación, la contante escasez de elementos imprescindibles como alimentos, agua, tratamiento de aguas residuales, atención médica, la continua amenaza de ataques por parte del ejército israelí, el encarcelamiento forzoso, la falta de libertad de movimiento, la ausencia de derechos, conforman las realidades diarias de los niños de Gaza, realidades que son las únicas que sus padres y abuelos han conocido durante toda su vida. Esa es la pesadilla recurrente que es Gaza.

La vida de un niño

En una primera ojeada, Jalil, de 13 años, parece un adolescente medio. Su joven cuerpo está justo empezando a madurar, es un chico curioso que se distrae con facilidad y un poco travieso. Sin embargo, una inspección más de cerca revela una mirada de vacío en sus ojos poco asociada con su edad. En realidad, si uno viera solamente sus ojos diría que Jalil tiene cerca de 50 años, no 13. Lo que ha desaparecido es ese sentimiento de invencibilidad y exaltado optimismo que son comunes entre los chicos de su edad en cualquier parte del mundo. Donde los niños estadounidenses y europeos hablarían de la última banda de rap, de sus vacaciones escolares o de su reciente enamoramiento, Jalil se limita a encogerse de hombros con apatía.

“Disculpe, pero la guerra ha borrado todos mis bellos recuerdos”, dice con algo de sarcasmo. “La parte delantera de mi casa resultó dañada, por eso me he visto trasladado a una situación vital que nunca pensé iba a experimentar. Tras años de vivir en una casa amplia”, explica, “ahora vivo en la ciudad de Al Zahra”.

La casa de Jalil acabó destruida en enero de 2009 durante el ataque de la “Operación Plomo Fundido” de Israel, convirtiendo en un instante a su familia de clase media en unos sin techo. A diferencia de un desastre natural, no se pudo disponer de fondos provenientes de los seguros ni de asistencia global. La mano del hombre era la que había provocado la situación y Jalil está lejos de estar sólo en ella. Traumatizado, aún recuerda a uno de sus amigos que saltó hecho pedazos cuando un misil israelí impactó en su barrio.

Comprensiblemente, esas son cosas que haría bien en olvidar, pero no puede. Debido al asedio de Israel, apenas se dispone de recursos para poder ayudarle a enfrentar su trauma y seguir adelante con su vida.

Por supuesto que resulta muy duro escuchar las historias de los niños. Pero como cualquier padre sabe, el dolor de sus niños llega duplicado a los responsables de cuidarles. Después de todo, amor es lo único que pueden darles.

La frustración de unos padres

Abu Abdullah, de Rafah, manifiesta el dolor que sienten la mayoría de los padres el Gaza por su incapacidad para proteger a sus niños. Su mujer está muy preocupada porque no puede consolarles. Los niños más pequeños, de 10, 7 y 4 años, mojan su cama por la noche y ella se siente impotente para calmar sus temores. “Es como una especie de cáncer que no puedes controlar ni detener”, dice Umm Abdullah.

Abu Abdullah asiente con la cabeza mientras se sienta en los escalones de entrada a su casa observando cómo sus niños juegan a “árabes e israelíes”, la versión territorios ocupados de “indios y cowboys” o “polis y ladrones”. En el papel de soldado, su hijo mayor, Abdullah, apunta con una pistola china de juguete hacia la cabeza de su hermano. “Voy a matarte ahora mismo”, dice el adolescente.

El juego es muy popular entre los niños que cuentan con pocos recursos para canalizar sus emociones desde la Operación Plomo Fundido. A Abu Abdallah le gustaría más que jugaran al fútbol, pero ese juego refleja la realidad de sus vidas y proporciona a los niños cierto sentido de control.

Incluso cuando está despierto, el hijo de 12 años de Abu Abdallah sufre pesadillas con los bombardeos de los F-16 israelíes en su barriada. En sus sueños, todos los niños salen huyendo de sus casas o escuelas.

Algunos de sus amigos están heridos, otros murieron, y las sirenas de las ambulancias resuenan incesantemente en su cabeza. Pero es más que un sueño: es lo que tuvo que vivir no hace mucho, lo que se reproduce en su mente hasta la saciedad, dándole apenas tregua.

Tampoco los temores de Abdullah son imaginarios. Cuando su madre le envió a comprar lentejas en la tienda cercana de ultramarinos, a sólo tres minutos caminando, el niño volvió a casa sin lentejas y con los pantalones empapados en pis. Al preguntarle por las lentejas, Abdullah empezó a llorar y le dijo a su madre con voz temblorosa y atemorizada que “los aviones teledirigidos están bombardeando”.

Los profesores que trabajan con los estudiantes en barrios de riesgo dentro de ciudades por todo el mundo pueden atestiguar los efectos que la pobreza, la violencia, las armas y el miedo causan en los niños forzados por las circunstancias a vivir en esas situaciones. Gaza entera se ha convertido en una barriada marginal de proporciones inimaginables. Sus niños no sólo tienen que convivir con grupos organizados de la resistencia sino que tienen también que soportar los ataques –normalmente a media noche- del cuarto ejército más poderoso del mundo. Los efectos sobre los niños son predecibles: las peleas y conducta violenta en los colegios y en la calle han aumentado en frecuencia e intensidad, según los psicólogos que visitan los colegios de Gaza.

La psicóloga Zahia Al Qarra, del Programa de Salud Mental de la Comunidad de Gaza (PSMCG) dice que el 79,9% de los niños a los que trata se sienten como en una gran prisión. Otro 79,3% dice que no puede permitirse comprar ni lo que necesita ni lo que desea.

Según un reciente estudio del PSMCG, el 20% de los niños de Gaza sufren trastornos de estrés post-traumático y a otro 13% se le ha diagnosticado depresión. En los colegios de Gaza dirigidos por la UNRWA, donde la alfabetización y los niveles académicos son normalmente altos, 9.000 estudiantes de primaria fracasaron en los exámenes y en su trabajo escolar el pasado curso académico.

Otro psiquiatra del PSMCG confirma que entre los niños de Gaza se han multiplicado los casos de enfermedades, problemas de conducta y traumas psicológicos, citando aumentos en conductas autistas, incontinencia urinaria nocturna, chuparse el dedo, comerse las uñas, reacciones violentas, revivir las escenas bélicas sufridas en las barriadas familiares, miedo a la oscuridad, agorafobia, pánico ante el sonido de los aviones y desinterés por tomar parte en actividades sociales y de grupo, todos ellos síntomas de trastornos de estrés post-traumático y depresión.

“No son sólo los niños”, dice Abu Diaa, padre de siete hijos. “Somos también los adultos quienes necesitamos ayuda psicológica”.

Como la mayor parte de los padres de Gaza, Abu Diaa, cuyo único ingreso es una pensión de minusvalía por una lesión que sufrió en 2003, está continuamente preocupado por encontrar comida y ropa para sus niños.

“Hay dos tipos diferentes de traumas”, explica Abu Diaa, “vivir con el temor a los ataques y vivir con la preocupación de no tener trabajo para poder proteger y alimentar a tu familia.”

Los psiquiatras y los médicos de familia en Gaza observan que a menudo los padres no se dan cuenta de la medida de los traumas de sus niños. Muchos de ellos están tratando de sobrevivir con su propio sufrimiento y estrés y a menudo se olvidan o retrasan sus propios tratamientos. Añádase a esto el estigma que supone buscar tratamiento psicológico para ellos mismos o sus niños. La sociedad árabe y palestina no acepta bien el victimismo y a menudo se equipara la búsqueda de ayuda con admitir que uno es impotente y por tanto una víctima. El director del PSMCG, el Dr. Ahmed Abu Tawahinah, señala que cuando un paciente visita a un médico “nunca dice estoy deprimido o tengo un trastorno de estrés post-traumático”, sino que dirá algo así como “tengo dolor de cabeza”.

Una sociedad bajo estrés

Los efectos psíquicos y psicológicos de la terrible realidad de Gaza impregnan todas las relaciones y situaciones. Según la psicóloga Al Qarra, han aumentado los divorcios, a menudo a causa de la pobreza. Cuando los padres no pueden cuidar de sus niños debido a sus propios traumas, añade, aumentan los números de niños que se ven forzados a abandonar su hogar o a escapar. Y acaban por encontrarse en la calle, rebuscando en los contenedores de basura para hallar algo que vender para conseguir comer o un poco de dinero. Se está también informando de incidentes de abusos sexuales, algo totalmente desconocido con anterioridad en Gaza.

El pasado septiembre, veinte meses después de la guerra de Israel contra Gaza, el Dr. Yamil Al Tahrawi, un profesor universitario de psicología social, decidió analizar los trabajos artísticos de los niños de Gaza para poder comprender y valorar la profundidad de sus traumas psicológicos. Pidió a 455 niños que dibujaran lo que quisieran. Más del 82,3% dibujó imágenes directamente relacionadas con los ataques israelíes contra Gaza. Algunos de esos dibujos reflejan combatientes de la resistencia, soldados israelíes, tanques, excavadoras, ambulancias, helicópteros, aviones de combate F-16 y aviones no tripulados israelíes.

Los niños utilizaron principalmente colores suaves en sus dibujos, evitando los colores fuertes como si tuvieran miedo de ellos. El Dr. Al Tahrawi y otros doctores de Gaza vieron claros indicadores en los dibujos del trauma sufrido tras crímenes de guerra similares a los mencionados en el informe elaborado por el Juez Richard Goldstone para el Consejo de Derechos Humanos de las Naciones Unidas. En efecto, confiesa el Dr. Al Tawahinah, todos los habitantes de Gaza, 1,6 millones de personas, están traumatizados a algún nivel, “incluido yo mismo”.

Como Israel prosigue con sus ataques contra Gaza, la pesadilla sigue intensificándose para Abdullah y todos los residentes de la Franja.

Dos años después de la Operación Plomo Fundido, Abdullah sigue teniendo miedo de irse a dormir, de jugar y de ir caminando al colegio cada día, incluso aunque su padre vaya con él. Uno no puede sino preguntarse por los efectos físicos, emocionales e intelectuales a largo plazo que la continuada ocupación y asedio de Israel tendrá sobre su vida y la de millones de palestinos. Sin embargo, hay una cosa de la que no cabe duda: les está afectando a todos.

Mohamed Omer es un periodista palestino de 22 años nacido en Rafah, licenciado en Filología y Literatura Inglesa por la Universidad Islámica de Gaza. En octubre de 2003, un francotirador israelí mató a su hermano Hussam de 17 años, cuando iba camino al instituto. Nueve días después una excavadora destruyó el hogar de su familia, cuando sus miembros se hallaban en su interior hiriendo de gravedad a su madre. Lleva publicando sus artículos en numerosos periódicos y revistas del mundo entero desde los 17 años. Con su chaleco antibalas y su cámara se encuentra siempre en primera línea del frente. (Véase:http://annawester.files.wordpress.com/2008/06/mohammed-omer.pdf). Su página en Internet es: www.rafahtoday.org

Fuente: http://www.imemc.org/article/60486

http://www.rebelion.org/

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