Derrota también puede significar camino
Miercoles, 04 November 2009 08:58 Luis Sexto Share | .Una fecha y una reflexión


Por Luis Sexto

Entre sus prematuros atardeceres noviembre trae el recuerdo de la revolución rusa, conocida por Revolución de Octubre, según el calendario juliano con 13 días de retraso respecto del gregoriano. Por tanto, según el almanaque de occidente, la de octubre es la revolución de noviembre. Pero, yendo lo que importa, qué nicho en la Historia del siglo XX ocupa ese estallido social que, a criterio de este articulista, puso fin a las visiones, normas y conceptos del siglo XIX. ¿Sólo la evaluaremos como una efeméride? ¿Y si ya hubiese recalado en el vago espigón de la simple memoria anual, seríamos justos y exactos al clasificarla entre las curiosidades del almanaque?

Tampoco fuéramos justos si le reprocháramos su prematuro atardecer. Ello significaría desviar la oportunidad de articular una explicación racional a la implosión que en 1990 pulverizó el orbe que la Revolución de Octubre había generado y en apariencias consolidado. Primeramente, el casi increíble episodio de su ruina demuestra que si fue muy capaz de destronar al zar y sus castillos de opresión medieval y supo defenderse con armas triunfales de la invasión hitleriana, no pudo impedir, en cambio, que todos sus avances se extraviaran en un camino de retorno. Lo que parecía imbatible, cayó; lo que reputamos de eterno, feneció.

La disolución de la Unión Soviética, el País de los Soviet, el primer país socialista de La Tierra, como llamábamos al vasto conglomerado de repúblicas surgido luego de 1917, ha dejado numerosas experiencias para las revoluciones que aspiren, en el siglo XXI, a permanecer como génesis de cambios irreversibles. El tema, claro, resulta excesivo para un análisis periodístico. Pero como sólo escribo a título de periodista, con ese derecho abordo lo que, me parece, todavía no ha encontrado un juicio equilibrado y definitivo.

Tal vez deban pasar cien años para hallar el justo medio en nuestra valoración. Por ahora, me parece que una verdad, entre muchas, asoma como la punta de un volcán observado desde lejos: la voluntad política de hacer la revolución necesita de la voluntad política de hacerla perdurar. ¿Y quién no tiene esa intención? No niego que la voluntad de existir perennemente anima a las revoluciones verdaderas. Sucede, sin embargo, que la voluntad política de permanecer exige vivir en dialéctica, en actuar utilizando el sí y el no, en un careo reflexivo y creador que evite el anquilosamiento, la rigidez de las estructuras económicas y sociales en nombre de un modelo preconcebido y, por tanto, inamovible.

En la URSS predominó, de acuerdo con mi enfoque, ese apego inflexible a los llamados principios. Nadie en 1917, ni antes, ni después, ha sabido con certeza --Fidel Castro lo ha reconocido-- cómo se levanta el socialismo sobre las ruinas del capitalismo o las supervivencias de la Edad Media. Los bolcheviques creyeron haber hallado una ruta. Más tarde, Lenin se percató, al parecer, que no conducía a ningún sitio seguro, y comenzó a tantear. Para este articulista, la Nueva Política Económica (NEP) fue eso: un tanteo que se frustró con la muerte del líder de Octubre y la vuelta a las posiciones originales, que Stalin impuso: la propiedad estatal como ficción de la propiedad socializada, que no quiere decir que no deba existir un Estado socialista, regulador y salvaguarda del socialismo. Pero no un Estado “absolutamente propietario” que derive hacia una especie de postcapitalismo incompetente.

Lenin tenía razón: una sociedad, como una casa, no empieza a edificarse por el techo: se precisa fraguar los cimientos y eso no es cosa de poco tiempo, ni de pocas y primarias conquistas. Con ese modelo basado en el control de la burocracia estatal, un país tan dotado de bienes naturales solo pudo alcanzar unas siete décadas de existencia. Y sin plenitud. Con desarrollo en un sector y subdesarrollo en otro. Conservo el recuerdo de cuando, en 1988, visité la región siberiana de Sukpay, donde leñadores cubanos trabajan la madera que el gobierno soviético le concedía a Cuba, y supe que los médicos del contingente tenían que asistir, sobre todo los estomatólogos, a escolares que con su dentadura podrida acusaban la falta de ese servicio 70 años después de la Revolución de Octubre.

Resulta política y socialmente erróneo adoptar con rigidez principios a los que los fundadores del Marxismo solo calificaron de “guía para la acción”. Los principios no pueden estar separados de los fines. Si en la esfera personal el sacrificio de un individuo a sus normas puede resultar admirable, en los procesos sociales la inmolación como destino, no como accidente parcial, logra el valor del fracaso. Porque habría que preguntarse: ¿Para qué edificamos el socialismo? ¿Para acatar principios o para, mediante principios, alcanzar los fines del desarrollo, la libertad y el bienestar humano dentro de reglas de equidad, igualdad, justicia? Habrá, pues, que aceptar que los mejores principios son los que más cabalmente cumplen sus fines de transformar la vida. Socialismo que pretenda la igualdad sobre la pobreza y las restricciones, no puede llamarse así. Con lo cual uno va aceptando que más que las filosofías, los revolucionarios han de tener a la vista las tendencias de la naturaleza humana. A veces se legisla y se teoriza contra ellas. Inútilmente. Porque las necesidades de nuestra especie no toleran barreras: cumplida la norma cuantitativa, las demuelen o saltan por encima de los límites.

¿Le basta al hombre con el bienestar --empleo, vivienda, confort, consumo-- para resolver sus problemas y ser feliz? ¿Y la muerte? ¿Se resolverá ese básico problema del hombre? En fin, esa es la suprema injusticia que la justicia social jamás podrá reivindicar.

El fracaso de los humanismos que han pretendido redimir al hombre, convertirlo en un huésped de un paraíso terrenal edificado con obras humanas dentro de estructuras también humanas, radica en que no han tenido en cuenta, a la vez, las dimensiones objetivas y subjetivas del hombre y la regularidad de su inclinación a las pasiones y la imperfección. Es cierto que la sociedad forma, educa, impone relaciones, ¿pero puede, por ejemplo, una sociedad solidaria evitar automáticamente la envidia, la ambición, la intriga? Nuestra experiencia, en una sociedad que intentó dar a todos por igual y al fin repartió menos de cuanto se propuso, confirma que la carencia, la pobreza material, que no la del espíritu, alienta la vigencia de tendencia rastreras, porque el “estado de necesidad” condiciona conductas que pueden saltar la valla de la ética más colectivista.

La pobreza material tiene un rasgo principal y definitorio: llega a apoderarse de las conciencias, de modo que por doquier aparezca el descuido, la indiferencia: Y la basura se amontone en cualquier esquina, aunque la recojan los servicios comunales. Y en los hogares se acumulen los objetos desechables que mañana habrán de servir para algo más que almacenar cucarachas. Cultura de bloqueo en la crónica de Cuba; también sensación de provisionalidad y desesperanza.

Pero tras reconocer que a veces las revoluciones son duchas en ganar el poder y a veces se tornan inhábiles para defenderlo creadoramente, uno se pregunta si el Marxismo y el recuerdo de la Revolución de Octubre y la experiencia que de su nacimiento y muerte podamos deducir, tienen todavía un futuro en el planeta, hoy globalizado por la rectoría de un mercado convertido en un dios perverso, azuzador de intereses de dominación, de lo menos humano del egoísmo. El historiador británico Eric Hobsbawm aún le reconoce a Marx un estimable espacio para influir en las sociedades humanas. El autor de Historia del siglo XX advierte, sin embargo, que no será no en la forma en que creímos, es decir la de una economía planificada centralmente que prácticamente eliminaba el mercado --y que según mi parecer de comentarista aldeanizaba la sociedad-- “sino bajo la forma de un sistema deliberadamente orientado a incrementar la libertad humana y el desarrollo de las habilidades del Hombre”.

Mientras la justicia permanezca siendo una necesaria aspiración, un hecho primordial nunca concretado o parcialmente logrado, la Revolución de Octubre y su frustrado ideal de fomentar la libertad y la capacidad humanas tendrán, pues, vigencia. El 7 de noviembre de 1917, se clausuró el siglo XIX y su herencia imperfecta. Todavía esperamos por que el XXI inaugure la nueva época con una luz que sustituya los reflejos vacilantes del XX, sin que el patronato del dogma le haga cometer los mismos errores de viejas fechas, cuya evocación, a pesar de yerros y descalabros, induce al optimismo en la formación de una sociedad más humana.

Luis Sexto, periodista cubano, ganador del premio José Martí 2009

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