Por Manuel David Orrio

 

  A mi madre, quien en este 28  de febrero  habría cumplido 87 años.

 

  orrio@enet.cu

 La Habana,12/02/28.- Ocurre frecuentemente que el cubano de a pie expresa opiniones respecto a cualquier aspecto de la cotidianidad criolla, mediante una frase introductoria: “yo soy revolucionario, pero…”

 

  A seguidas, una catarata de quejas y críticas, donde lo mismo salen mal parados el Partido Comunista, el Estado, el Gobierno o cualquier instancia del poder de Cuba.

 

  ¿Hipocresía, doble moral, recurso protector ante una eventual represión de género alguno?

 

  Nada más falso, opina este periodista, sin desdoro de que en toda regla existe la excepción. Cuando el conciudadano se manifiesta así, expresa en realidad un sentimiento de pertenencia al proyecto sociopolítico cubano, cuya carencia mayor se encuentra, justo, en sentirse “pertenecido”. No “perteneciente”.

 

  Los cubanos, quede claro, no “pertenecemos” a Cuba. Cuba nos pertenece…y sus proyectos sociopolíticos  también. El “amo” se llama Liborio, nombre simbólico y caricatura clásica del sufrido criollo de a pie. No Fidel, Raúl Castro o el Partido Comunista, por muy rector del Estado y la sociedad que la vigente Constitución le proclame.

 

  Si se razona en marxismo clásico, la Revolución cubana es un proceso histórico de luchas por la independencia y la justicia social de Cuba, iniciado el 10 de Octubre de 1868 y concluído en esencia el 24 de Febrero de 1976, al proclamarse la actual Constitución de la República, cuyas reformas no han significado cambios de magnitud en la organización político-social legislada por aquella.

 

  Marxismo clásico, insiste el periodista: la Ley de leyes de 1976 consagró de jure una base económica de orientación socialista y una correspondiente superestructura jurídica, ideológica, cultural e incluso moral. Quede claro: por voto sincero y apasionado de la mayoría de los cubanos, para quienes, más que las ideologías, son valores decisivos de su ser y conciencia social el independentismo y el antimperialismo, en particular éste último frente a los Estados Unidos de América.

 

  Ser “revolucionario”, ejercer como tal, no es necesariamente ser martiano, marxista, fidelista o raulista, para citar ejemplos, aunque éstas y otras militancias no se excluyen del concepto primigenio. Primero que todo, proclama y ejercicio implican identificarse y actuar como independentista y antiimperialista, lo cual equivale a ser PATRIOTA. Para el cubano de a pie, por ende, patriotismo concreto es no andar de la mano ni ser agente a la luz o encubierto de la política de los EE.UU. hacia Cuba, signada como “éticamente inaceptable” por anticomunista probado y confeso como Juan Pablo II (e.p.d.).

 

  ¿Fidelistas, raulistas? ¡A montones!, por mucho que Liborio critique a su circunstancia, o incluso a los hermanos Castro. “Culpables” de inicio, y de ahora, son los políticos ubicados a la altura del Potomac, quienes tras refrendar por décadas un auténtico terrorismo de Estado contra la tierra de José Martí, han hecho de ambos líderes, ante la mayoría de su pueblo, símbolos imbatibles de los principales valores de la cubanidad: independentismo y antiimperialismo.

 

  “Culpables”, reitera este periodista: Fulgencio Batista pisoteó el 10 de marzo de 1952 a la muy progresista Constitución de 1940. Tanto, que se afirma sirvió de borrador para redactar a la Declaración Universal de Derechos Humanos. Hubiera bastado a la entonces Administración Eisenhower no reconocer la infame violación, inicio de una dictadura no menos infame, para que no se hubieran dado las circunstancias históricas por las cuales emergió un líder de talla mundial: Fidel Castro. Desde luego, el entonces joven político, más temprano que tarde, hubiera sido actor protagónico en el devenir nacional e internacional. Pero nunca con la velocidad y aceleración imputable a los estadounidenses, en primer lugar, y quizás no con la carga geopolítica e ideológica que tanto les ha perturbado y perturba.

 

  ¿“Revolucionario”, ahora?  

 

  Marxismo clásico por delante, queda claro que en la Cuba de hoy es teóricamente imposible ser “revolucionario”, porque la Revolución defendida ya se hizo. Simbólicamente, seguro que sí. No por gusto el concepto de Revolución enunciado por Fidel (1) evade precisiones jurídicas y se concentra en lo ético, lo que en las presentes circunstancias criollas tiene infinito valor, pero también esa peligrosa carencia. Para este periodista, ejemplo de un sabio refrán: “en la limitación, se ve al maestro”.

 

  Vale el símbolo, más que nunca, sobre todo tras la indudable conquista de una verdadera independencia patria y la materialización, a balas y urnas, de un auténtico milagro: los cubanos consolidamos un Estado de Derecho – no importan sus insuficiencias – pese a vivir durante generaciones bajo condiciones de virtual sitio, creadoras por carácter transitivo de algo denominable como “síndrome de plaza sitiada”.

 

  Tal síndrome aparenta ser menos relevante de cuanto en verdad es. Psiquiatras criollos opinan que puede calificársele de patología social, aunque el “examen médico” deseche a burócratas y corruptos que medran a costa de aquel.

 

  Principal síntoma: afirmó el economista Juan Triana que en Cuba se ven primero las amenazas, no las oportunidades. La “amenaza” de Internet; la de las inversiones privadas, nacionales o extranjeras, y hasta las de los humoristas criollos, cuyas corrosivas sátiras son el primer indicio de la buena salud social general de Cuba ¿O no recordamos? Durante el tristísimo quinquenio 1991-95, los años más duros del llamado período especial, no hubo chistes en la calle. Ni uno…en país de chistosos natos.

 

  ¡Viva el “símbolo”!...pero no basta

 

  Vale, muchísimo, que proclamarse y ejercer como “revolucionario” sea blasón de infinitos potenciales defensivos y movilizadores. No obstante, sólo con emblemas no se conducirá a Cuba hacia los índices de Desarrollo Humano a los cuales se aspira, razón por la que urge bajar al símbolo de las nubes y dotarle de nombre y apellidos.

 

  ¿Qué significa, entonces, ser “revolucionario”? Por pura lógica y marxismo clásico ante Revolución consolidada, es ante todo respetar ad literam, promover y desarrollar el orden constitucional de aquella nacido, lo cual implica derogar a rajatabla el atestado inventario de inconstitucionalidades aún padecidas por los cubanos. Así de simple…

 

  Preocupa a este periodista, y mucho. Las más recientes legislaciones tienden a, o reivindican, derechos usurpados a contrapelo de la Constitución. Pero no rescatan en su totalidad este o aquel fuero, consagrado por la Ley de leyes. Lo más inquietante: la ausencia de plenitud aparece en Decretos-Leyes rubricados por Raúl Castro.

 

  “Sin prisas, pero sin pausas”, es la divisa del gobernante cubano. A dos manos vota este periodista por esa consigna. Sin embargo, invita a tomar muy en serio un refrán de Ifá: “haga las cosas completas”.

 

  Notas:

1.- Castro, Fidel. Concepto de Revolución: “Revolución es  sentido del momento histórico; es cambiar todo lo que debe ser cambiado; es igualdad y libertad plenas; es ser tratado y tratar a los demás como seres humanos; es emanciparnos por nosotros mismos y con nuestros propios esfuerzos; es desafiar poderosas fuerzas dominantes dentro y fuera del ámbito social y nacional; es defender valores en los que se cree al precio de cualquier sacrificio; es modestia, desinterés, altruismo, solidaridad y heroísmo; es luchar con audacia, inteligencia y realismo, es no mentir jamás ni violar principios éticos; es convicción profunda de que no existe fuerza en el mundo capaz de aplastar la fuerza de la verdad y las ideas. Revolución es unidad, es independencia, es luchar por nuestros sueños de justicia para Cuba y para el mundo, que es la base de nuestro patriotismo y nuestro internacionalismo.”

 

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