Por Manuel David Orrio

 

  A Rodolfo Hernández Fernández    y Jacqueline García deBlanck,abogados talentosos…y valientes.

 

  orrio@enet.cu

 

  La Habana,12/02/25.- Varias veces en mi vida me han llamado “loco”, cual cobarde o mal intencionado estereotipo, sin contar de habérseme imputado tres intentos suicidas, todos éstos publicados por anticastristas criollos.

 

  Verdades como templos han sido tales “intentos”: ¿no lo son enfrentarse en el “tálamo de las delicias” a tres respectivas afrocubanas esculturales? Haga la prueba: le aseguro que devendrá “suicida” contumaz.

 

  No me pierdo, me divierto: si hago mención a las ocasiones en que tales o cuales me han llamado “loco”, es para profundizar en lo que nombré “regularidades de la contracultura cubana del debate” (1), segunda de las cuales es: cuando el cubano carece de argumentos para contrarrestar la idea de la cual discrepa, intenta descalificar a quien la promueve. Política, social e incluso moralmente. “Fulana tiene razón; pero acuérdate: ¡lesbiana, a matarse!”…

 

  Una vez el Colectivo Kaos en la Red me consultó sobre si publicar o no un artículo de un conocido bloguero, partidario de la Revolución cubana, donde a partir de intrascendentes fotografías se insinuaba cornamenta de venado sobre la testa de Reinaldo Escobar, esposo y colega anticastrista de  Yoani Sánchez.

 

  Por supuesto, oposición total, mía y del colectivo Kaos. El autor del artículo de marras había infringido a troche y moche el Código de Ética de la Unión de Periodistas de Cuba (UPEC), y hasta se había “servido en bandeja” para verse ante una querella por un delito de CALUMNIA, previsto en el Código Penal criollo a nivel tal, que su vista judicial de primera instancia corresponde a tribunales provinciales.

 

  “Locuras” de Orrio

 

  Mi primer divorcio se hizo efectivo en 1992. Por un error mecanográfico de una secretaria negligente que ¡tres jueces! rubricaron no menos negligentemente, me vi involucrado en un tortuoso proceso judicial a propósito del régimen de comunicación con mi único hijo, por aquellos días  de sólo 3 años de edad. Mis derechos constitucionales y civiles fueron tan descaradamente violados, como para que el entonces presidente del Tribunal Provincial Popular de la Ciudad de La Habana, Lic. Franklin Quintana Nina, autorizara la modificación de la sentencia por auto aclaratorio, diz que de “oficio”, a seis meses de declarada firme. De nada valieron cartas y protestas jurídicamente fundadas a las más altas instancias de Cuba. Hube de aceptar el prevaricador fallo; comenzar de cero desde la injusticia e iniciar un nuevo proceso en el cual, habida multitud de pruebas, era imposible no vencer.

 

  Vino a continuación lo que podría denominarse burocrático “castigo al rebelde”, por vía de no dictar sentencia en el plazo estipulado por Ley. Nuevas misivas, respuestas humillantes y decisión final: anuncié a mi entonces Diputado a la Asamblea Nacional del Poder Popular, César Barrera Pérez, que en el próximo proceso de rendición de cuentas de ese poder exigiría en público la revocación de todos los jueces y fiscales involucrados en el caso.

 

  Tal anuncio se produjo el 19 de julio de 1993; el 6 de agosto, justa sentencia sobre la cual dos letrados de talla expresaron: “como ésta, ya no se redactan en Cuba”. De paso, cordial misiva de Barrera Pérez, donde descubrí que los diputados cubanos pueden escribir cual lores ingleses ¿Costo personal y familiar? Durante más de año y medio, mi familia, en particular mi madre  y yo, abusados a propósito de nuestra relación con mi vástago.

 

  Dejo a un lado detalles incluso relacionados con las presiones propias de mi entonces condición de agente encubierto de la Seguridad del Estado cubano, en plena misión de defensa contra la inaceptable política de los Estados Unidos hacia mi país. Baste relatar que, ya públicamente conocida mi imagen de supuesto traidor a la Revolución, un amigo del barrio se me acercó, en noble intento persuasorio para que rectificara mi “posición” política.

 

  Pablo Valdés, en Gloria esté, dijo en ese momento: “aquí estuvo una comisión investigadora del problema acerca de tu hijo, y yo estuve entre quienes declararon a tu favor. Pero te advierto, porque mucho me llamó la atención la primera pregunta que se me hizo: si estabas loco, o tenías algún trastorno o enfermedad psiquiátrica. Por supuesto, les dije que tú, de loco, ni un pelo”.

 

  Todo cuanto hice para lograr una adecuada comunicación con mi hijo, como padre divorciado, se atuvo estrictamente a la Ley; ejercí  derechos constitucionales y civiles consagrados para cualquier nacido en la tierra de José Martí. Aclaro: nacido y residente, porque los nacidos emigrantes ven conculcados unos cuantos de sus derechos, en abiertas violaciones de la Constitución de la República.

 

  No obstante, parece, y para mí no ha sido única ocasión. Cuando en este país un ciudadano decide ser CIUDADANO, la primera percepción de ciertos burócratas criollos es considerarle “loco”, para no decir que le llaman y hasta le  propalan como tal.

 

  Anécdotas, más anécdotas atesoro. Pero prefiero no abrumar, sino invitar a meditar por qué, para  éstas o aquellas instancias de los poderes públicos cubanos, quien se atreve a elevarse a la categoría de CIUDADANO…está “loco”.

 

  Notas:

1.- Cuba: apuntes sobre su contracultura del debate

     www.kaosenlared.net/noticia/cuba-apuntes-sobre-contracultura-debate

 

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