Por Pedro Hernández Soto

Los aficionados que han seguido los juegos de béisbol de la Serie Nacional de Desarrollo, brindados por la radio y la televisión cubanas, desde el estadio Changa Mederos, en La Habana, han podido oír, en un segundo plano de narradores y comentaristas, algunos pregones muy simpáticos tales como ¡Chupaaa…!, ¡Chupaaa…! ¡Chupando se vive mejor! ¡Ayúdenme! ¡Compren algo! ¡Coman algo!

Los asistentes a las instalaciones deportivas y algunos residentes de Centro Habana, sabemos a quien pertenecen. En esos lugares, en cualquier momento, aparece un simpático vendedor, que carga varias jabas contentivas de ricos caramelos (su producto más vendido, cada uno cuesta solo un peso) tal cual bastoncillos con diversos colores trenzados (de acuerdo al sabor); apetitosas rositas de maíz en bolsas pláticas; deliciosas barras de chocolate y otras golosinas, a módicos precios.

Este hombre, simpático, respetuoso y buen conversador, conocedor de los secretos del béisbol, trata de vender sus productos, practicando –como él lo llama “un trabajo de marketing”- al brindar sus ofertas a familias, niños y grupos, con inesperadas y ocurrentes propuestas, que causan la diversión de cuantos le oyen.

Conoce por su nombre casi a cada uno de los aficionados, sabe de las actuaciones de los peloteros y equipos de La Habana, tanto Industriales como Metropolitanos y también de categorías inferiores, opina en las discusiones que se entablan en las graderías y forma parte de un clima de diversión y alegría.

Algunos de sus pregones se han extinguido por el tiempo de uso, como aquel que decía: ¡Ayúdenmeee, cómprenmeee… que tengo la niña en la beca! Todo terminó cuando un día le pregunté: Oye Chupa, ¿hasta cuándo tu niña va a estar en la beca? ¿De cuántos años es lo que ella está estudiando? A lo que el interrogado me contestó, exhibiendo una sonrisa de “oreja a oreja”, orgulloso y nada pedante: ¡Bueno, la verdad es que mi niña ya terminó Odontología! Aprecié que, en aquel momento, era uno de los padres más felices del mundo.

Lázaro Armenteros Hernández se llama este cubano, graduado como técnico medio en Organización del trabajo y los salarios, en 1984, especialista en Recursos humanos y casado con una licenciada en Bioquímica. La empresa donde laboró está cerrada hace varios años y él quedó interrupto pero, ni corto ni perezoso, buscó esta forma de ganarse la vida. Cumple con la ley, paga sus impuestos y según cuenta: … me divierto también con esto.

Usted puede verlo también por las calles de Centro Habana y en el estadio Latinoamericano. Tal cual son las cosas en Cuba, en contubernio con los círculos de amigos que se arman en esas instalaciones, Chupa se presta para hacer jaranas a los nuevos, así que, si llega usted un día allí, por primera vez, no dude en oír de pronto, una voz grave y fuerte, que inunda toda la gradería, para referirse a usted al decir: ¡Fulano… chupaaa! ¡Fulano… chupaaa! ¡Fulano…, chupando se vive mejor!  

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