Por Pedro Hernàndez Soto

Él es un vecino de 50 años, laborioso y emprendedor, a quién conocí -recién mudados al edificio donde vivo- por mis hijos, casi sus contemporáneos. Afectuoso y fraternal, siempre exhibe esas cualidades en cada saludo, momento y lugar. Ha sido, que yo sepa, constructor, carpintero, pintor de brocha gorda, pescador y panadero.

Nos encontramos la mañana del lunes, a la entrada del consultorio del médico de la familia. Soplaba una brisa notable, matrimoniada con una temperatura fresca para nosotros los cubanos, Acompañados de las respectivas esposas preferimos esperar nuestros turnos sentados en un escalón en el exterior, para tratar de abrigarnos con unos débiles rayos solares, y allí establecimos una fluida conversación.

Primero reparamos los cuatro en el destaque de una cercana y muy florida mata de Flor de Pascuas, por los contrastantes colores rojo vivo y verde brillante, en el marco de un bien cuidado jardín.

Después el intercambio giró hacia su ocupación actual de trabajador por cuenta propia en la elaboración de alimentos y, sin mediar pregunta mía, de pronto, pasó a contarme sus avatares para lograr un pedazo de tierra cultivable al amparo del Decreto 259 de 2008 y detallarme cómo, desde hace cerca de dos años, viene batallando contra la burocracia, los aprovechados y negligentes, sin resultados. En fin, no ha podido materializar sus deseos.

Nos fuimos entonces a comentar el embarazo de su señora y supimos que con seis meses y medio todo marchaba bien y será una hembra, la tercera para él. Le hice saber a ambos que en la época de mi niñez -tiempos de mucho machismo, corrupción y otras injusticias y delitos-, allá en la calle Cuartel del natal Cienfuegos, los hombres eran choteados, mortificados, si la mujer no paría varón. La inmensa mayoría no cargaban a sus hijos en la calle  -mucho menos si era hembra- y la mujer se ocupaba con la atención manual a los infantes.

Entonces me llamó la atención que ambos sonreían,  Camilo y su señora,  como dudando de lo que yo decía, mostraban sonrisas resplandecientes a partir de  muy completas y blancas dentaduras, sobre rostros muy negros.

Le tocó a él sacarme de la duda al decirme: “Sí Pedro, se que eso fue así en un tiempo pero las cosas han avanzado mucho, te digo que he cargado a mis hijas por donde quiera, les he cambiado los pañales, dado el biberón y todo lo demás. Igual pienso hacer con la que está por venir”.  

Sin dar tiempo a responderle, como si hubiese sido un fragmento de una antigua blanqui-negra película silente, nos interrumpió una recién llegada que preguntó inquisidora: “¿Que trae ella?” La contesta fue concisa: “Hembra”, a lo que respondió entonces la arribante: “¡Ah, te rajaste, parirás chancleta!”; a lo que Camilo rebatió , mirándola fijamente, ni corto ni perezoso, muy serio, con lenta entonación,  bajo volumen, tono firme y muy orgulloso: “¡No tendré chancleta, mi mujer parirá una hembra!”

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