Por Salvador Capote*

Aunque los cambios en la estrategia social de la Iglesia se remontan a 1918 con la Encíclica del Papa León XIII “Rerum Novarum”, no fue hasta que Juan XXIII recibió la tiara a finales de 1958 y coincidiendo -se diría que providencialmente- con el triunfo de la Revolución Cubana, que se inicia para la Iglesia un periodo de transformaciones radicales.

En la primera mitad del siglo XX se había dado un primer paso importante: el impulso a la atención pastoral a los pobres, a los obreros,  incluso la identificación con ellos. Una de las experiencias más notables la protagonizaron los “curas obreros” en Francia y España principalmente. Pero es a partir del Concilio Vaticano II que se realiza el segundo paso, el más revolucionario: el enfrentamiento a las raíces estructurales de la pobreza, la explotación y la opresión. En esta etapa surge la Teología de la Liberación con sus Comunidades Eclesiales de Base.

Juan XXIII heredó una Iglesia organizada en forma de fortaleza medieval, con mando centralizado y jerarquía obediente a un papa infalible. Recordemos que su antecesor, Pío XII, reforzó, con la Encíclica “Munificentissimus Deus”,  el dogmatismo de la infalibilidad papal, que había sido definida en el Concilio Vaticano I.

Sin embargo, habían surgido ya los catalizadores de un profundo cambio en la sociedad. El capital, sobre todo el financiero, se expandía cada vez más, abarcando espacios transnacionales, mientras que la tecnología se desarrollaba aceleradamente. Con el avance científico-técnico  aumentó la productividad y se crearon las condiciones para el surgimiento de la sociedad de consumo. El mundo se convirtió en bipolar con dos cosmovisiones antagónicas representadas por la Unión Soviética y Estados Unidos.

El Papa Roncalli, sin dejar de ser conservador y tradicionalista, respondió a estos cambios de la sociedad con una nueva estrategia. El 25 de enero de 1959, sólo tres meses después de su elección, convoca a un concilio general que tendría como objetivo principal la renovación pastoral de la Iglesia. Entonces, al igual que ahora, los cambios se producirían dentro de una enconada lucha dialéctica entre lo arcaico que se resistía a morir y lo nuevo que pugnaba por nacer.

Juan XXIII enfrentó a la fuerte oposición dentro del Vaticano –atrincherados en la ortodoxia- con la tesis del “aggiornamento” (actualización): la Iglesia necesitaba imperiosamente responder a  los cambios en la sociedad y al ritmo acelerado de la historia.

El Concilio Vaticano II produjo transformaciones sustanciales en la liturgia, el ecumenismo, los estudios bíblicos y otros aspectos, pero el núcleo duro de los cambios, el que daba un carácter más renovador al Concilio, era la propuesta de “colegiatura” que respondía a la necesidad de compartir la autoridad entre los obispos y el Papa. Se trataba, por tanto, de romper la rígida estructura centralizada de la Iglesia –rezago medieval- con el Papa como monarca absoluto e infalible. Lamentablemente, Juan XXIII murió el 3 de junio de 1963 sin haber logrado una victoria decisiva  sobre el sector más reaccionario de la Curia, y el sueño democrático de un poder colegiado quedó como una obligación moral  pero sin  mecanismos institucionales para su implementación.

Contradictoriamente, Pablo VI (1963-1978),  que era mucho más abierto a las ideas progresistas que su antecesor, en la pugna entre tradicionalistas y progresistas cedió a favor de los primeros y su papado significó un regreso a los métodos autocráticos. Impuso su Encíclica “Humanae vitae” (1968) en contra de la opinión de la mayoría de los obispos del mundo, que se habían manifestado a favor de autorizar la píldora anticonceptiva bajo ciertas condiciones. La encíclica frustró las esperanzas de cientos de millones de católicos y abrió todavía más la brecha entre la teoría y la práctica que el Concilio Vaticano II pretendió cerrar.

A pesar de todo, la Iglesia seguía cambiando, pues el cambio no dependía de la jerarquía eclesiástica sino de las profundas transformaciones socio-económicas que en el mundo se operaban aceleradamente. Hecho significativo: Pablo VI  fue el último de los pontífices coronado con la tiara papal.

A Juan Pablo II (1978-2005) le tocó clausurar el Concilio Vaticano II y heredó una iglesia dividida entre los que se aferraban a un pasado en desmoronamiento y los que aspiraban a una iglesia con opción preferencial por los pobres, asumida no como actitud paternalista sino como transformación radical de toda la sociedad. Una nueva iglesia no sólo para los pobres sino desde los pobres.

El pontificado de Wojtyla fue tan autocrático en el manejo de la Iglesia como el de Montini pero su estilo fue muy diferente, muy apartado del tradicional de los papas-emperadores. Campechano y carismático, se acercó mucho más a la masa de fieles católicos que todos sus antecesores y recordó incansablemente a los dirigentes políticos del mundo su obligación moral con los pobres y los oprimidos. El presidente de Cuba, Fidel Castro, percibió esta diferencia y ella explica la empatía que se observó entre ambos grandes líderes desde el primer momento.

Benedicto XVI continúa la lista de papas conservadores, pero ya hemos visto que esta condición no fue obstáculo al progreso de una doctrina social cada vez más cercana a la opción preferencial por los pobres.

En el próximo mes de abril Benedicto XVI cumplirá siete años como Pontífice. Su labor se ha centrado principalmente en reavivar la fe en las enseñanzas morales tradicionales y en contrarrestar la influencia del secularismo. En las cuestiones morales, por consiguiente, es de esperar que continúe aferrándose a la ortodoxia aún a costa de frustraciones de la feligresía. No es sorprendente esta actitud de quien dedicó una gran parte de su vida a defender la pureza de la fe católica como Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe (antiguo Santo Oficio). Se muestra,  sin embargo, en favor de una Iglesia militante en contra de las injusticias económicas y sociales, que continúa la obra de Juan Pablo II y sigue el hilo conductor de las transformaciones iniciadas por Juan XXIII.

Benedicto XVI visita Cuba como “Peregrino de la Caridad” en el aniversario 400 de la aparición de la imagen de la Virgen en aguas de la bahía de Nipe. Ninguna ocasión mejor para quien, en lejana pero reveladora entrevista con Vittorio Messori [1] afirmó que “si el lugar ocupado por María ha sido esencial para el equilibrio de la Fe, en pocas épocas de la historia de la Iglesia redescubrir su lugar ha sido tan urgente como hoy”. Para Benedicto XVI la devoción a María es el remedio a la crisis de moralidad que atraviesa el mundo.

En sus encíclicas establece el principio de que la caridad comienza con la justicia. En Caridad en la Verdad (“Caritas in Veritate”) escribe que “la justicia es inseparable de la caridad,  y es intrínseca a ella. La justicia es la forma primaria de la caridad”. Y en Dios es Amor (“Deus Caritas Est”) afirma que “El amor –la caridad- será siempre necesario, incluso en la sociedad más justa. No hay ordenamiento tan justo del Estado que pueda prescindir de la necesidad de servir con amor”.

Su actitud de censura frente a la Teología de la Liberación y el silencio impuesto a  teólogos como Hans Küng y Leonardo Boff, no significan que se oponga a los cambios. Por el contrario, Benedicto XVI es y fue siempre un promotor de cambios. Lo fue durante el Concilio Vaticano II y lo demuestra a través de su amplia obra escrita. En la sección “El sermón de la montaña” de su libro “Jesús de Nazaret”, concluye que “el cristianismo tiene constantemente que reformar y reformular las estructuras sociales y la enseñanza social cristiana”.

Promotor de cambios, sí, pero siempre que éstos sean generados por la Santa Sede y dentro de la ortodoxia de sus rígidas normas morales.

Estamos pues ante un papa muy conservador en la esfera de la moral tradicional de la Iglesia pero lo suficientemente progresista (o “misionero”, el término que prefiere) en lo que atañe a lo económico-social para que podamos augurar comprensión y simpatía –bien correspondidas- en esta segunda visita de un papa a la rebelde isla del Caribe.
 
 
[1] “The Ratzinger Report”, an exclusive interview on the state of the church, Joseph Cardinal Ratzinger with Vittorio Messori, Ignatius Press, San Francisco, 1985.

*Bioquímico cubano, actualmente reside en Miami. Trasmite con cierta regularidad por Radio Miami el Programa “La Opinión del Día”, que aparece poco después en laradiomiami.com. Es colaborador de Areítodigital.net; participa, con la Alianza Martiana, en la lucha contra el Bloqueo impuesto a Cuba por Estados Unidos.

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Etiquetas: Benedicto, Caridad, Cuba, católica, iglesia, misionero, visita

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